VENEZUELA. TOROS EN LA PLAZA MAYOR DE CARACAS EN 1673 / Por Rafael Dupouy Gómez

Entrada en Caracas, Venezuela, de S. S. I. el Obispo D. Fray Antonio González de Acuña. composición original de Tito Salas. (Archivo: Hnos. Dupouy Gómez).
La Plaza Mayor de Caracas, en la época colonial, se convirtió en el escenario para el disfrute de las fiestas de Pascuas, las patronales, la celebración del advenimiento de los Reyes, nacimientos de príncipes, matrimonios reales y de triunfos políticos y militares de España hasta 1821.
TOROS EN LA PLAZA MAYOR DE CARACAS EN 1673
Caracas, Abril/2022
Una acuciosa investigación histórica me llenó de profunda satisfacción al descubrir, mediante la lectura de un interesante estudio publicado en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia del año 1931, que conservamos en nuestros archivos, la celebración de espectáculos taurinos en la Plaza Mayor de Caracas, Venezuela, en el año 1673.
Como aficionado taurino me resultó sorprendente y muy importante poder compartir y aportar el relato que con lujo de detalles describió el historiador Luis Alberto Sucre, sobre el Gobernador y Capitán General Francisco Dávila Orejón y el gran recibimiento que se hizo al Obispo Don Fray Antonio González de Acuña, incluyendo los toros dentro de la celebración, demostrando, una vez más, lo legendaria y añeja que es la tradición taurina heredada de España en nuestro país.
Cabe destacar, que Luis Alberto Sucre Urbaneja, luego de una ardua y minuciosa labor, supo conquistar un nombre respetable entre los historiadores de Venezuela. Inclinado preferentemente a los estudios coloniales, rastreó durante largos años en diferentes archivos hasta esbozar los anales de las autoridades civiles de la provincia y de la ciudad de Caracas, con una importante recopilación de datos sobre sus Gobernadores y Capitanes Generales.
Quiero resaltar que en los libros de consulta sobre los inicios de la actividad taurina en Venezuela, no hacen ninguna referencia a este acontecimiento, siendo totalmente desconocido por los aficionados de la Fiesta Brava. Igualmente, no ha sido citado por cronistas estudiosos del tema.
En obras como «Historia de Toros en Venezuela» de Manuel Landaeta Rosales o «Historia de la Conquista y Fundación de Caracas» del Hno. Nectario María, tampoco se narra el episodio del año 1673 que encontré casualmente mediante mi lectura y tenencia del libro de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela, publicado en 1931.
Se contaba que el año de 1560 Francisco Fajardo, natural de Margarita, hijo de un español del mismo nombre y de Doña Isabel, Cacica guaiquerí, vino por tercera vez a costa firme, con una corta expedición de españoles e indios y fundó un pequeño hato de ganado vacuno en Catia, cerca de lo que hoy es Caracas; dándole el nombre de valle de San Francisco. De consiguiente, desde entonces principió la diversión de toros a la que eran muy adictos los españoles.
Las fiestas de toros y otras actividades parecidas comenzaron desde la época de la colonia cuando en 1567 don Diego de Lossada quien venía desde Nueva Segovia (Barquisimeto) a la conquista del Valle de San Francisco, paró con sus ejército en Nirgua o Nueva Jerez para conmemorar el 20 de enero la fiesta de San Sebastián. En ese sitio se señala que celebraron con toros y cañas y otros ejercicios militares.
Cuando se fundó la ciudad de Santiago de León de Caracas, la fiesta denominada de «toros y cañas», se hizo fundamental en los actos religiosos o conmemorativos, siendo organizadas principalmente por los Gobernadores y Capitanes Generales. Las festividades más representativas fueron las de Santiago, San Mauricio, San Sebastián y San Jorge, entre otras.
El Hermano Nectario María, en su libro «Historia de la Conquista y Fundación de Caracas» señaló los siguiente:
«Caracas celebraba anualmente la fiesta del Pendón Real en el aniversario de su fundación. En acatamiento a lo prescrito por la Real Cédula de Carlos V, lo que evidencia a todas luces, que ésta había tenido lugar, el 25 de julio de 1567.

El Pendón o Estandarte Real, confeccionado con tela de alta calidad, llevaba en una cara las armas del soberano reinante, y en la otra, el escudo de la ciudad. Quedaba siempre depositado en casa del Alférez Mayor, quien lo guardaba con respetuoso cuidado.

La víspera de la festividad de Santiago, el Gobernador, el Cabildo, los demás funcionarios y los vecinos más destacados vestían sus mejores trajes y montados en caballerías engalanadas con lucientes adornos, en brillante desfile se dirigían al domicilio del Alférez Mayor. Las calles por donde pasaba el desfile eran lujosamente adornadas. Los juegos de cañas y toros eran las distracciones favoritas en la celebración del patrono de la ciudad de Caracas».

La Plaza Mayor de Caracas, en la época colonial, se convirtió en el escenario para el disfrute de las fiestas de Pascuas, las patronales, la celebración del advenimiento de los Reyes, nacimientos de príncipes, matrimonios reales y de triunfos políticos y militares de España hasta 1821.
No se hace referencia al importante acontecimiento del recibimiento en 1673 del Obispo Don Fray Antonio González de Acuña que reproduzco en este artículo para el conocimiento de los amables lectores:
EL GOBERNADOR Y CAPITÁN GENERAL DÁVILA OREJÓN Y EL OBISPO GONZÁLEZ DE ACUÑA
Entrada en Caracas, Venezuela, de S. S. I. el Obispo D. Fray Antonio González de Acuña. composición original de Tito Salas. (Archivo: Hnos. Dupouy Gómez).
«Reunida en la Plaza Mayor de Caracas, se oyó por voz de un pregonero la grata noticia de que la llegada del Obispo sería celebrada con regocijos públicos. Al momento principiaron los preparativos para las fiestas, pues era corto el tiempo y había que ir al campo en solicitud de buenos toros para la lidia y las coleadas».

«Atendiendo a las buenas partes de experiencia y calidad» y haber servido treinta y seis años fielmente a S. M., fue nombrado por Real Título dado en Madrid a 31 de mayo de 1673, Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela, el Maestre de Campo Don Francisco Dávila Orejón Gastón, Caballero de la Orden de Santiago; el cual, días después se embarcó en Cádiz, rumbo a La Guaira, con su mujer Doña Francisca de Orejón y Herrera, sus hijos Don Francisco Baltazar, Doña Magdalena, Doña Teresa, Doña Josefa, y su servidumbre. En el mismo buque venía Su Ilustrísimo Señor Obispo Don Fray Antonio González de Acuña, y ambos desde Cumaná anunciaron por cartas su próxima «arribada al puerto de La Guaira».

Llegado el aviso a Caracas, el Ayuntamiento dispuso que se les recibiera dignamente, y diputó a los Regidores Don Gabriel de Ibarra y Don Juan Mijares de Solórzano para esperarlos en el puerto, y darles la bienvenida en nombre de la ciudad.

El 9 de septiembre de 1673 llegaron a La Guaira el Gobernador y el Obispo; el 10 hizo su entrada a Caracas Dávila Orejón, y el 11 de septiembre, tomó posesión del gobierno.

Al día siguiente, reunidos en Cabildo el nuevo Gobernador y todo el Ayuntamiento, se leyó por el escribano Fernando Aguado de Páramo, una carta de Don Pedro Lozano, Maestro de Ceremonias de la Catedral, en la cual participaba a la Ilustre Corporación que «al otro día miércoles 13 de este presente mes», a las cuatro de la tarde, haría su entrada a Santiago de León el Ilustrísimo Señor Obispo Don Fray Antonio González de Acuña.

Venía el Obispo precedido de justa fama de sabio y bondadoso prelado, fama que después justificó durante los diez años de su episcopado, fecundo para la provincia en obras de progreso intelectual, moral y material.

Quiso el Gobernador, secundado por el Ayuntamiento, que se hiciera al Obispo recibimiento digno de sus virtudes. Y tal fue el entusiasmo que despertó en los cabildantes la llegada de tan preclaro Obispo, que mandaron quedase constancia en los libros del Ayuntamiento de la manera como se había recibido al Obispo, «para que quedando memoria del recibimiento, pudiera recordarse en todo tiempo». Cumplo, pues, a los doscientos cincuenta y cuatro años el deseo de aquellos señores, de recordar a los caraqueños la manera como se recibió al Obispo González de Acuña.

En la misma tarde del 12 de septiembre de 1673, los repetidos toques de caja en todas las esquinas anunciaron a la población que se iba a pregonar un bando, y ésta reunida en la Plaza Mayor, oyó «por voz de pregonero» la grata noticia de que la llegada del Obispo sería celebrada con regocijos públicos, nueva que la multitud aplaudió entusiasmada.

Al momento principiaron los preparativos para las fiestas, pues era corto el tiempo y había que ir al campo en solicitud de buenos toros para la lidia y las coleadas; reunir los músicos y los cantadores, arreglar los trajes de los diablos, limpiar la Plaza Mayor, adornar las calles y mil otros detalles. Se trabajó hasta tarde de la noche.

Antes del amanecer del día siguiente, las detonaciones de lo morteros en la Plaza Mayor anuncian a Santiago de León el comienzo de las fiestas; las estrepitosas cámaras de San Francisco, San Pablo, San Mauricio y San Jacinto corresponden al aviso, al mismo tiempo que todas las campanas de la ciudad, con sus alegre repiques, invitan a los fieles a tomar parte en los festejos, que principiaran con misas cantadas en acción de gracia por la feliz llegada del Prelado.

«A las diez de la mañana todo está listo; los toros en el toril, traídos por Don José Pérez de Valenzuela, mozo gran coleador, sobrino de Don Mateo Blanco Infante, Capitán de Regocijos nombrado por el Ayuntamiento. En la Plaza Mayor comienzan a reunirse grupos de impacientes».
Oída la misa, siguen los preparativos. En la Catedral, en la Obispalía, en el Ayuntamiento, en todas partes se disponen los últimos detalles de las fiestas, que habían de ser rumbosas; en las casas particulares las señoras arreglan sus trajes y adornos de más lujo, y los caballeros vigilan el baño de los caballos y el aderezo de los arreos de gala que han de llevar al recibimiento.
A las diez de la mañana todo está listo; los toros en el toril, traídos por Don José Pérez de Valenzuela, mozo gran coleador, sobrino de Don Mateo Blanco Infante, Capitán de Regocijos nombrado por el Ayuntamiento. En la Plaza Mayor comienzan a reunirse grupos de impacientes; de allí subirán todos a las dos de la tarde a esperar al Obispo, «más arriba del convento de la Merced, donde es costumbre salir a los recibimientos».
Quedaba para entonces el convento de la Merced fuera del recinto de la ciudad, una manzana más abajo hacia el Oriente, de donde hoy esta el templo de La Pastora. El camino de La Guaira bajaba hasta la esquina de Torrero, donde se dividía en dos: uno seguía derecho hasta el Urapal, atravesando por la hoy plaza de La Pastora, y allí torcía hacia el Guanábano, pasando por delante del convento; el otro, que bajaba por detrás del monasterio, costeando el río Catuche, también iba a parar al Guanábano.
El espacio comprendido entre estos dos caminos era el sitio designado para esperar a Su Ilustrísimo Señor Obispo, quien al llegar allí echó pie a tierra; el Gobernador, que le esperaba desmontado, fue hacia él, se hicieron las ceremoniosas cortesías de estilo, le dio el Obispo a besar su anillo, se abrazaron y juntos recibieron el homenaje del Cabildo eclesiástico, el Ayuntamiento y las congregaciones religiosas. Pasaron luego al convento, donde se le había preparado un refresco, revistiose el Obispo, y se puso en marcha la procesión en el orden siguiente: por delante, en pelotón, todos los que habían ido a caballo y no tenían representación especial; seguían los familiares del Obispo; después, dos clarines y un heraldo, a caballo, luciendo su penacho de grandes plumas rojas; los maceros del Ayuntamiento, con sus hermosas mazas de plata; después, a corta distancia, el Gobernador y Capitán General, su antecesor Don Fernando de Villegas, el Ld. Don Diego de Acosta Cabrera, del Consejo de S. M. y Juez de Residencia, los señores del Ayuntamiento, el Teniente General, y el Sargento Mayor de la ciudad, montando briosos caballos, lujosamente enjaezados; luego venían, a pie, las comunidades religiosas y el clero, precedidas de sus cruces altas y estandartes, después, las músicas y «cantores de los salmos»; el Comisario del Santo Oficio con su Alguacil Mayor y su notario; y por último, «el Capítulo y algunos prelados y magnates rodeando al Señor Obispo, revestido, con su mitra y a caballo».
Montaba Su Señoría un hermoso caballo rucio del Capitán Ladrón de Guevara, conducido por dos palafreneros y enjaezado con los aperos de gala del Alférez Real Don Francisco de Aguirre y Villela, cubiertas las ancas por una larga gualdrapa de terciopelo morado con las armas del Obispo bordadas en las puntas.
Después venía en gran número la gente del pueblo; hombres, mujeres y niños; blancos, indios, negros y mestizos; muchos habían salido hasta La Cumbre, y otros formaban en la comitiva desde La Guaira.
Del convento bajó la procesión por Amadores y el Callejón del Guanábano, que entonces era camino real, hasta la esquina hoy de la Merced, donde principiaba la ciudad; allí había un arco formado por ramas de sauce y palmas, coronado con las insignias del obispado.
Por la calle de San Sebastián, adornadas las ventanas y balcones con tapices y colgaduras, y cuajada de gentes de todas clases, entró la procesión a la ciudad, siguiendo hasta la esquina de la Plaza Mayor de Caracas, de donde fue a la Catedral.
«Mientras tanto en la Plaza Mayor se lidiaron los toros, se corrieron caballos, y al ritmo de guitarras y maracas se bailaron alegres y bullangueros joropos, bebiendo y cantando hasta el toque de ánimas en que cada quien se retiró a su casa».
Cantado el Te Deum, el Gobernador con su acompañamiento civil y militar se retiró a su morada, que estaba frente a la Plaza Mayor, donde hoy esta el Correo; y el Obispo con su séquito eclesiástico se fue a la Obispalía, situada entonces en el ángulo N. E. de la esquina de las Gradillas.
A las cinco y media de la tarde entró al Palacio Episcopal el Gobernador, acompañado de la Gobernadora y de algunos caballeros y señoras de la aristocracia. Ya estaban allí los señores del Ayuntamiento con sus señoras y mucha de la gente principal que asistirían al banquete con que les obsequiaba el Obispo.
Mientras tanto en la Plaza Mayor se lidiaron los toros, se corrieron caballos, y al ritmo de guitarras y maracas se bailaron alegres y bullangueros joropos, bebiendo y cantando hasta el toque de ánimas en que cada quien se retiró a su casa. En el Palacio se prolongó la tertulia hasta las diez.
Al otro día, reunido el Ayuntamiento en sesión solemne, a las dos de la tarde se presentó un eclesiástico, mensajero del Obispo, y anunció la visita de Su Señoría Ilustrísima.
El Gobernador y el Cabildo salieron a la puerta de la casa capitular, y en pie, esperaron la llegada de Su Señoría.
En lujosa silla de mano pintada de verde, con arabescos dorados y tapizada de damasco rojo, llevado por dos lacayos que vestían hopalandas moradas, llegó S. S. el Señor Obispo a las puertas del Ayuntamiento; hechas las reverencias impuestas por la etiqueta, se le rogó entrara el primero a Palacio. Precedido de dos maceros y un ujier atravesó S. S. los corredores y la primera sala; había en la segunda, sobre la alfombrada tarima, «dos sillones con cojín y tapete», donde se sentaron Sus Señorías el Obispo y el Gobernador, a sus lados, los Alcaldes Don Juan de Brizuela y el Capitán Don José Rengifo Pimentel, después de los Regidores por orden de antigüedad; cerradas las puertas de la sala, el señor Obispo, de pie, «con razones doctas, cordiales y amorosas», manifestó su gratitud por la manera como había sido recibido por la ciudad, y dijo que sería a un tiempo pastor y siervo de su rebaño. Luego, uno a uno dieron las gracias a Su Ilustrísimo Señor Obispo, se abrieron las puertas y todos salieron, sombrero en mano, acompañándolo hasta la Plaza Mayor; allí, después de dar la bendición al pueblo, subió en su silla de mano y se retiró.
Al hacer tal recibimiento a su Prelado, parece que Caracas presentía los beneficios que de tan ilustre Obispo iba a recibir; a él se debe la creación del Seminario de Santa Rosa, primera piedra de nuestra Universidad; igualmente, el primer acueducto de Caracas, la terminación del nuevo Palacio Episcopal, la erección de las vice-parroquias de San Pablo y de Altagracia, y de varios institutos de caridad; fue siempre bondadoso y servicial para con todos y recto en el cumplimiento de sus deberes; cumpliendo así su promesa «de ser a un tiempo pastor y siervo de su rebaño».
Falleció Su ilustrísimo Señor Obispo Fray Antonio González de Acuña en Trujillo (Venezuela), el 22 de febrero de 1682. El mismo día de su fallecimiento había escrito al Cabildo de su Catedral anunciándole su próxima muerte y dándole la bendición.
Corto fue el período en que gobernó el Capitán General Francisco Dávila Orejón, y nada que merezca recordarse, fuera de la erección del seminario de Santa Rosa, se descubre en los pocos documentos que de su tiempo hay en nuestros archivos.
En octubre de 1673, se publicó en Caracas la Real Cédula anunciando la guerra con el Rey de Francia.
Hallándose el Capitán General Dávila Orejón en La Guaira, a donde fue a despachar «los bajeles que salieron a limpiar las costas de enemigos», murió repentinamente, el 13 de septiembre de 1674. Allí se le enterró, haciéndole los honores correspondientes a su rango.
El Capitán General Francisco Dávila Orejón, natural de Tenerife, fue un militar pundonoroso y un probo gobernante, en Cuba, donde gobernó de 1664 a 1670, hizo un muy buen gobierno. También fue un escritor distinguido; en la Biblioteca Nacional de Madrid hay dos obras suyas. Cuando vino a Venezuela era de edad bastante avanzada.
LUIS ALBERTO SUCRE.

(Publicado en el Boletín de la Academia Nacional de la Historia. Tomo XIV. Julio-Septiembre de 1931. Número 55. Caracas, Venezuela. (Archivo: Hnos. Dupouy Gómez).
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