VALDEPEÑAS: XLII Festival de Arte Flamenco «Ciudad del Vino»

Del susurro, el suspiro y el quejío

Redacción DTI
9 Noviembre 2021

«En la garganta de Pedro El Granaíno hay cristales rotos en noches de borracheras. Su cante tiene el eco de un dolor viejo, la melancolía de un abrazo largo y una ilusión futura. Por eso, cuando susurra un tercio, su voz acaricia, cosquillea y conmueve. Da igual las veces que le veas y que, como es el caso, no fuera la mejor de sus noches, porque Pedro siempre va a encontrar un giro, un suspiro, con el que atravesarte el alma…»
Así describió a Pedro Heredia Reyes, nacido en Granada de familia gitana, Sara Arguijo la aguda periodista cultural que siente y relata el flamenco como pocos, con ocasión de su portentosa actuación en en la pasada Bienal de Sevilla en ‘Maestros’, el recital que le valió el Giraldillo al cante, y así lo repitió hace unos días en un emotivo espectáculo, alternando con Rancapino hijo, y que resultó como un homenaje a la ciudad del vino y del arte ¡Valdepeñas! donde el sentimiento flamenco brota en sus gentes como los frutos dorados de las enraizadas cepas en la llanura manchega.

Y es así como lo vivieron los nobles y entendidos asistentes que llenaron el monumental Auditorio ‘Francisco Nieva» en fiel correspondencia a la excelsa categoría del espectáculo anunciado gracias a la ingente labor ¡toda una vida! de Don Ramón Rosales, presidente de la Asociación Cultural Flamenca “Virgen de la Cabeza”.
Entre el silencio expectante del público y su olés explosivos de pecho transcurrió el admirado cante de Pedro El Granaíno, dejándose llevar por aquellos aires que han ido moldeando su modo de cantar y de entender este arte en amplio y lujoso repertorio. Desde la seguiriyas a la soleá, de la bulería al fandango, o de la copla al cante de Levante. Meciendo el son del bronce gitano entre suspiros, susurros y quejíos arrebatados al compás de la guitarra templada y elegante de Patrocinio Hijo intercalado con el regalo de algunas falsetas que levantaron a los aficionados de sus asientos.
En fin… un impresionante artista, Pedro El Granaíno, que se entrega y se rompe con humildad, que conectó con naturalidad con un timbre de voz privilegiado y con rotundo carisma con la afición valdepeñera que lo aclamó agradecida en una velada inolvidable.


Alonso Núñez, conocido como Rancapino Chico, de cuna gitana de Chiclana de la Frontera, apareció con una clásica puesta en escena con tocaor y palmeros -¡fuera el cajón! exclamaba el gran Pepín Cabrales– recogiendo el rescoldo que dejó Pedro El Granaíno y abriendo brecha con los acompasado cantes de su tierra gaditana. Las alegrías, tientos, y tangos daban paso a las medidas y largas soleares al compás de las palmas de Luis El Pijote y Edu, y al fastuoso son de la guitarra de Antonio Higuero ¡qué exhibición! muy pendiente, además, de los tiempos de su cantaor.
La natural y cálida voz del aleonado chiclanero rompía por bulerías  derramando el eco de los cantaores que, se sabe, le han influido como Manuel Molina o Camarón, y, cómo no, bebiendo en la fuente de su propio padre el acaracolado Rancapino, puso broche de oro recordando a Don Manuel Ortega Juárez, el cantaor de leyenda  «Manolo Caracol», interpretando la zambra Romance de Juan de Osuna, irrumpiendo en el escenario la belleza y la danza de Aitana de los Reyes. Cantaor, tocaor, y bailaora se fundieron en armonía flamenca creando una obra de arte efímero pero de huella indeleble en el alma del espectador.
Grandiosa noche vivida en Valdepeñas y verdadero arte flamenco para la memoria. 
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