Un fogonazo de optimismo / por Carlos Bueno

De vez en cuando uno aparca el abatimiento que le invade al pensar en el futuro de los toros para ilusionarse de nuevo con la creencia de que su perpetuidad es posible. Comprobar que, a pesar del complicado momento que atraviesa la tauromaquia, las escuelas taurinas continúan matriculando a nuevos valores es uno de los motivos por los que la esperanza sigue latente.
Un fogonazo de optimismo
Carlos Bueno
Avance Taurino / 21, Octubre 2021

Dentro del pesimismo que invade mi mente al pensar en el futuro de la tauromaquia, de vez en cuando mi corazón se rebela y sufro fogonazos de optimismo. Uno de los asuntos que provocan en mí esa sensación es presenciar novilladas en las que toman parte alumnos de escuelas taurinas. Me parece casi milagroso comprobar que siguen apareciendo aficiones en estos momentos en los que impera un ambiente muy agraz y la promoción del toreo es prácticamente nula.

Por mucho que la tauromaquia pertenezca al Ministerio de Cultura, y por muy protegida que esté por la ley y la Constitución, lo cierto es que hoy se trata de una actividad discriminada, ninguneada, apartada, maltratada en general por nuestros gobernantes. La corriente anti ha invadido la sociedad y es misión imposible sacar el tema taurino sin escuchar duros reproches, cuando no perversos improperios. Los niños ya no juegan a toros por las calles y las plazas. No hay retransmisiones televisivas de corridas en abierto que despierten la curiosidad, instruyan y promulguen. Y lo peor, la reacción de los profesionales ante este panorama habitualmente es nula.

Sin embargo la matriculación de chavales continúa sucediéndose en los centros de enseñanzas taurinas repartidos por toda España, recintos sin ningún tipo de publicidad y, por lo general, fuera de los canales modernos de difusión y comunicación. Conozco casos de padres que, aún siendo aficionados, han tenido que preguntar dónde estaba situada la escuela de tauromaquia de su ciudad porque sus hijos querían inscribirse. Es más, sé de algunos que pretendían quitárselo de la cabeza pensando que había que abonar incómodas cuotas mensuales. Y a pesar de todo la cadena sigue girando…

En las últimas semanas he acudido a varias clases prácticas y novilladas sin picadores en las que he vuelto a comprobar que el toreo sigue teniendo magia. De qué manera si no, puede explicarse la irrupción de jóvenes sin ningún antecedente taurino familiar, incluso con padres a la contra. De qué manera si no, puede explicarse su respeto por una liturgia arcaica, su esfuerzo, su afán de superación, su educación tradicional, su pasión por los toros. De qué manera si no, puede explicarse que prioricen el entrenamiento diario,que implica un duro trabajo de optimización del tiempo para compaginarlo con sus estudios, a la diversión con los amigos en menesteres más festivos.

Sí, los toros siguen atrayendo a gente nueva, y ese puede ser el motivo de su salvación. Pero eso sólo ocurrirá si los nuevos valores se conciencian del problema que ataca a la tauromaquia y cambian de actitud. Es necesaria la crítica y el propósito de enmienda, y me da a mí que esta generación, capaz de luchar por sus sueños con un ambiente muy a la contra, respetuosa, esforzada, con afán de superación, educada y apasionada, puede ser la luz que alumbre el oscuro porvenir que tiene el toreo si no se reacciona pronto.

Viendo la galopante pérdida de pueblos donde se organizaban corridas, un amigo crítico opinaba que, en unos años, los toros quedarían relegados a celebrarse únicamente y de forma testimonial en grandes ferias como San Isidro, Abril, San Fermín y… poco más. Después de presenciar las últimas becerradas y de sufrir un fogonazo de optimismo, quiero creer que está equivocado.

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