Un acto de fe / por Jorge Arturo Díaz Reyes

Ángel Sánchez

Fue como decir al mundo que el toreo no muere, y que las nuevas generaciones lo seguirán refrendando y glorificando mientras exista el toro. Ha sido el más esperanzador momento del concilio 2022. Pudiesen haber dado tres o cuatro orejas en vez de dos, o una, o ninguna. Qué importa eso, si después de torear como toreó, ejecutó a ley cada suerte suprema.
Un acto de fe
Jorge Arturo Díaz Reyes
San Isidro ha hablado. Creámoslo. El viernes pasado en la catedral mayor, el ecumenismo taurino tan urgido de certezas ha tenido una revelación. Un joven toledano ha obrado el toreo, no el toreo que solemos llamar, no. El toreo con el cuerpo y con el alma. De nuevo el extraviado toreo eterno.

Hundido en sí mismo, buceando en las profundas verdades del culto, rezando las suertes fundamentales que como las letras del alfabeto no son muchas, pero pueden contener el universo entero. Sin efectos ni visajes, sin trampa ni cartón, sin coreografías ni oropeles. Toreo, solo toreo puro. Parando los pies y el tiempo, templando el azar, mandando el destino, ligando sin enmienda, cargando la suerte con toda su humanidad y vertiendo en cada una el ser, arrobó la feligresía que lo presintió antes que entenderlo, que le quiso entregar todo y que al morir el sexto, le aventó a hombros de la multitud iluminada por el portón de las procesiones.

Fue como decir al mundo que el toreo no muere, y que las nuevas generaciones lo seguirán refrendando y glorificando mientras exista el toro. Ha sido el más esperanzador momento del concilio 2022. Pudiesen haber dado tres o cuatro orejas en vez de dos, o una, o ninguna. Qué importa eso, si después de torear como toreó, ejecutó a ley cada suerte suprema. La estocada del tercero desprendida, sí. El primer intento al sexto dio en hueso y luego la espada delantera y tendida tardó y exigió descabello, sí. Qué importa si por ello arriba hubiesen rechazado las fervorosas peticiones de premio. Qué importa si las hubiesen complacido de más. Ya él había abierto la puerta grande de todos los corazones presentes y a distancia. Esa discusión peluquera no puede opacar el portento.

La lidia del uno, el complejo tercero de Victoriano, la dedicó a Emilio de Justo por cuya sustitución había llegado a esa corrida. Seis doblones genuflexos y un cambiado por el hombro habían desatado el clamor, que la siguiente tanda diestra y ese largo pase de pecho subió a las nubes. Media docena más como ya dijimos, cambio de mano y al dar el natural, cogida, cayendo a merced del astifino “Enamorado II”, que lo miró y apenas lo empujó rodando con respeto (merecido) sin ensañarse. Reincorporado, la cosa retomó el rumbo veraz que traía.

La del franco último, “Viajero”, remiendo de Cortés, fue de órdago. Gaoneras de quite, tan ciertas que obviaron el desarme final. La montera para la plaza, que ya era suya, y luego la comunión, toro, torero y público a una sin fisuras. Por izquierda, por derecha, por arriba, por abajo, por dentro y por fuera. Tras cada pase, un ole, tras cada serie una explosión y tras la faena, la catarsis colectiva, la euforia de la redención y esa postrer vuelta al ruedo en hombros de la grey.

A la feria se le apareció un Ángel, de apellido Téllez. Si no fue así, entonces fue un acto de fe.

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