Tiempo, ese bien escaso / por Paco Delgado

Como una excepción que confirme la regla, presenciar una corrida de toros, una novillada o hasta una becerrada requiere disponer de tiempo y cada vez es mayor la duración de una función sea de la categoría que sea, estando ya cerca de las tres horas lo que se emplea en dar cuenta de una de ellas. Demasiado, para lo que se lleva.

Tiempo, ese bien escaso

Paco Delgado
Burladero / 21 de abril de 2022 

El mundo moderno, el que nos ha tocado vivir, viene marcado por la velocidad con que todo sucede y la mayor rapidez con que se lleva a cabo cualquier proceso. Sin embargo, los festejos taurinos han cambiado su dinámica y en la actualidad parece como si cada día se hiciesen más largos…

Como una excepción que confirme la regla, presenciar una corrida de toros, una novillada o hasta una becerrada requiere disponer de tiempo y cada vez es mayor la duración de una función sea de la categoría que sea, estando ya cerca de las tres horas lo que se emplea en dar cuenta de una de ellas. Demasiado, para lo que se lleva.

El tiempo pasa, no se puede volver atrás, es algo que evoluciona constantemente y que hay que aprovechar, pero aún así malgastamos nuestra vida en rutinas absurdas. Malgastamos nuestros días, nuestras horas y nuestros momentos en tonterías y nimiedades sin prestar atención. Y si ya la cosa taurina tiene la enemiga de buena parte de nuestra entontecida sociedad, sólo falta que se la tenga también como un derroche de un bien tan escaso, y por ello precioso, como es esta magnitud que mide la existencia.

Mucha gente se desespera y enoja por un negocio fallido, por no alcanzar una cierta expectativa de obtención de beneficio material. Perder dinero es eso: perder dinero. Sin embargo, perder el tiempo significa perder tu vida, dijo Michael LeBoeuf, mientras que Steve Jobs, el creador de Apple y una de las personas más influyentes del mundo, aseguraba que el tiempo es el recurso más preciado del universo: es tan limitado que es absurdo malgastarlo… refrendando lo que muchos años antes ya había dejado claro otro gran sabio, Charles Darwin: si  pierdes horas de tu tiempo es que no sabes lo que realmente vale la vida.

Y, efectivamente, se pierde mucho tiempo en un espectáculo taurino. Se han arrumbado costumbres de antaño que, precisamente, servían para ahorrar minutos y agilizar un espectáculo que nunca debería hacerse pesado. Y lo peor es que no se hace nada por solucionar este problema y es cada vez más frecuente sufrir este vicio. Se abusa de los tiempos muertos, se permiten faenas eternas y muchas veces sin sentido.

Al margen de esos minutos, muchos, que se pierden entre el primer y segundo tercio, parece mentira que nadie diga a un profesional, algunos de muy brillante trayectoria, que si a los pocos minutos de iniciarse un trasteo la plaza no ruge es ya muy difícil, o acaso imposible, levantar aquello. Pero no hay forma. Muletazo va, muletazo viene y ya casi es habitual que los avisos suenen antes de cambiar de estoque…

Luego se hace interminable el trámite del descabello, para el que, a lo mejor, habría que estudiar la fórmula de hacerlo mucho más breve y evitar, además, una visión demasiadas veces nada agradable.

Y, si la cosa ha ido bien, vueltas al ruedo eternas… Morante dio ejemplo el otro día, en Castellón, de lo que sería el ideal y era norma hace no tanto: una vuelta al redondel casi a la carrera.

Una de las faenas más famosas de la historia, la que Antoñete firmó al toro blanco de Osborne en la feria de San Isidro de 1966, no duró ni siete minutos. Y, otro ejemplo -y los hay a cientos…-, en la corrida a beneficio del Montepío de Toreros del año 1960, Gregorio Sánchez, que actuó como único espada al lesionarse Antonio Bienvenida, con quien tendría que haber actuado mano a mano, despachó él solito seis toros en ¡hora y cuarto! Y no puede decirse que su labor fuese de aliño o que abreviase: cortó siete orejas. Y en ese cómputo total de 75 minutos hay que incluir la vuelta al ruedo a hombros con la que las cuadrillas homenajearon y dieron las gracias al diestro de Santa Olalla al acabar con el tercer toro de la tarde. No sé si es verdad -pienso que no- que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero en muchos aspectos habría que estudiarlo.

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