San Isidro’22. Yemas de San Leandro del Río para Manzanares, que ni quiere ni sabe; Roca, que ni roca ni rey; y Adrián, que departió con el Gerente. Márquez & Moore

Adrián, que confirmaba, de cháchara con Manzanares y Roca.
Luego, en el callejón, echó la tarde con el Gerente de la Plaza
JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
Hoy volvemos a la normalidad y nos encontramos con el minuto de silencio de casi todos los días, esta vez por Litri, fallecido ayer en Huelva. De Litri siempre me han gustado dos cosas: una es que le comprase a King Ranch España S.A la ganadería de Concha y Sierra por el hecho de que el hierro de la misma coincidía con las iniciales de su esposa, doña Conchita Spínola; la otra que cuando hicieron el filme “El Litri y su sombra” (Rafael Gil, 1959) se empeñaron algunos viejos aficionados añorantes de la antigua suerte de varas, la que se hacía con el caballo a cuerpo desnudo, en representar esa vieja y descarnada suerte de varas treinta años después de la implantación del peto. Seguramente que el hecho de que en esa producción estuvieran metidos Pepito Aguayo y Agustín de Foxá tuvo algo que ver en el rodaje de esos planos, que ahí están para quien los quiera ver.
A quien no le importarán esos planos ni, en general, nada de lo que tenga que ver con la suerte de varas con o sin peto es al ganadero de esta tarde, don Victoriano del Río, que anda el hombre empeñado a través de la sociedad Medianillos Ganadera S.L, propietaria de los derechos de hierro, divisa y antigüedad, en la creación de la mascota taurina perfecta, la que pasa de puntillas por los dos primeros tercios y, haya sido como haya sido su comportamiento, eclosiona en toro colaboracionista, servicial y amable en el último tercio. Es un buen planteamiento éste de don Victoriano para los tiempos que corren, lo que pasa es que muchas veces las cosas no salen como el hombre propone, como esta tarde en Las Ventas.
Lo mejor que nos ha traído Victoriano del Río es la conocida morcilla en el programa que nos informa diariamente que “Juan Pedro Domecq y Núñez de Villavicencio compró a principios de 1930 la ganadería del Duque de Veragua…” Parece que fue ayer y ya va para un siglo, aunque vista la reiteración con la que se informa de dicha adquisición es posible que aún haya muchos que no se han enterado.
Del ganado hay poco que decir para el que le gusten los toros: el segundo, Espiguita, número 138, abrió un fecundo debate entre los aficionados sobre si tenía en su genética más de cabra o de chivo. El cuarto, Soleares, número 149, nos llevó a analizar con detenimiento su estructura corporal para tratar de discernir dónde se hallaban los 599 kilos que proclamaba la tablilla, llegando a la conclusión de que esta vez el ojo de buen cubero de don Florencio el mayoral, podía estar siendo aquejado de macropsia. El quinto, por no aburrir, se llamaba Corchero, su número era el 26 y sus señas físicas las de un novillo. Sin ahondar más en lo dicho ya se puede comprender que la presentación en escalera del encierro de don Victoriano no ha sido en modo alguno la que se debería esperar del que algunos denominan “el mejor ganadero del momento presente”. Y si hablamos del comportamiento, pues reiteramos lo dicho antes, animales criados para la muleta, para no dar sustos y para ser siempre parte de la solución, nunca del problema, eso que ahora en las empresas denominan “facilitadores”.
Para dar lidia a las yemas de San Leandro del Río la empresa que gestiona los designios de la pocilga antes denominada Plaza Monumental de Las Ventas urdió la contratación de José María Manzanares, Fernando Adrián, que venía a confirmar la alternativa que le dio Julián de San Blas en Ávila hace nueve años, y Andrés Roca Rey. Dicen que colgaron el “No hay billetes” pero yo entré por la Puerta Grande a las siete menos tres minutos y a esa hora las taquillas estaban abiertas y el cartel no estaba. Lo que sí que había eran reventas ofreciendo todo el papel que quisieras. No hace falta ser consultor de McKinsey para darse cuenta de que el que aliviaba a Plaza 1 la presión económica del cartel de esta tarde era Fernando Adrián.
El primero del lote de Fernando Adrián se llamaba Amante y salió más bien bandido, y como señas diremos que llevaba el número 70 herrado en el costado y el pitón izquierdo escobillado. Fernando Adrián se dispone a comenzar su labor de rodillas para meter un pase cambiado y en seguida otro más. De rodillas no es tan fácil esconder la pata y por eso hay muchos toreros que cosechan unos aplausos sinceros mientras están de hinojos y luego lo echan todo a perder cuando se ponen de pie, y eso mismo es lo que le pasó al confirmante, que cuando se irguió comenzó a meter un recital de destoreo, de pata atrás, organizando un delirante y antiestético carrusel mitigado por la inocencia del bovino, que se merecía el hábito de los franciscanos por derecho propio, como quien dice “fratello toro”. El animal soportó con estoicismo el circo que le fue haciendo su matador y el momento cumbre llegó cuando hizo el cite del “borracho meando”, que consiste en arquear el tronco sacando hacia afuera el abdomen y echando hacia atrás los hombros: esto hay quien lo toma por “desmayo”. Tras unas desalmadas manoletinas se tiró a matar cobrando un bajonazo. En ese momento el aficionado R. nos refiere su visita a la tumba del santo Job, en Omán, patrón del aficionado.
Si lo de Fernando Adrián era el no saber, lo de J.M. Manzanares era directamente el no querer. Abúlico, fastidiado como ese trabajador que cree que hace un trabajo muy por debajo de sus posibilidades, harto de todo se acerca a la cabra Espiguita a dejar pasar el tiempo para que no le silben y a justificar la nómina con su vacile. Manzanares ni quiere ni puede y por no hacer, ni siquiera mata, que es lo suyo, dejando dos pinchazos y una estocada entera. Dicen que si el viento, pero yo he visto a César Rincón con un vendaval triunfar ante un sobrero de Moura, o sea que de eso nada.
Lo primero que llama la atención de Roca Rey es que siendo un cabeza de cartel como es, lleve esa cuadrilla que parece una redada. La palma se la damos hoy a Paquito Algaba que cuando vio que el toro se iba al picador que hacía puerta, se quedó mirando como el que mira pasar la Vuelta Ciclista sin menear el capote, y la alguacililla doña Rocío, que se aúpa de puntillas para mirar por encima de la barrera, lo mismo. La suerte de varas se produjo en el 4 y el Presidente Oliver cambió el tercio porque le dio la gana sin que Quinta se llegase a estrenar. Deja Roca una fantasía de capote por gaoneras. Luego, en la cosa muleteríl, despliega una enorme solemnidad en sus movimientos y le falla el toro, que se para entre pase y pase y deja hecha la foto-finish de la deleznable colocación del diestro, con lo que la faena baja de intensidad. Entre el trapazo y la parsimonia se pasa el rato, y hay quien culpa al cambio climático de los desvaríos del torero que para demostrar que en este toro ni es Roca ni es Rey, suelta un bajonazo de los que hieren al mirarlos.
Segunda Estación de Penitencia para Manzanares. Anima algo el funeral Fernando Adrián con unas saltilleras trompicadas y cuando le toca a Manza el muleteo, los veintitantos mil empiezan a bostezar ante la nada que se les presenta. Digamos en honor del maestro alicantino que caza muy bien al toro con un espadazo hasta la bola. Mientras Manzanares estaba en sus cosas, en el callejón departían amigablemente el Gerente del Centro de Asuntos Taurinos y Fernando Adrián.
Tras su conversación con el Gerente, sale Adrián a hacerse cargo de Corchero, número 26 que es el toro que da al encierro su carácter definitivo de esperpento. Con ese Corchero se demuestra que Adrián da el nivel de un aficionado práctico un poco avanzado y nada más. El aficionado J. sentencia: “Ya era malo de becerrista y no ha avanzado nada”. Corramos un velo espeso y reseñemos la estocada rinconera con la que se libra del novillote.
Inexplicablemente la gente se va de la Plaza a puñados, justamente cuando vuelve Roca a vérselas con Cóndor, número 109. Poner juntos a un peruano y a un cóndor es promesa casi segura de que algo puede pasar. A despecho de la cuadrilla de todo a un euro, comienza su labor de rodillas con un pase cambiado y derechazos y, ya erguido, uno por alto mirando al tendido. Luego decide continuar su faena como todos los días en todas las Plazas y ahí algunas voces le recriminan su colocación. Acaso el torero las escucha porque cambia su actitud y se esfuerza desde ese momento en armar la faena a base de ceñirse al toro, aguantar algunos parones, resolver situaciones complicadas a base de oficio y valor y exprimir algunos estimables muletazos dentro de su particular estética. Faena a más sin abusar de los conocidos trucos ventajistas, más bien metido en los terrenos del toro y en las cercanías a medida que avanza la labor. Mata de pinchazo hondo y descabello. Lo de Paquito Algaba con el descabello es ya del género de las películas de Harold Lloyd.
Adrián por los suelos, como la tarde
ANDREW MOORE

LO DE MANZANARES
LO DE ROCA
LO DE ADRIÁN
FIN
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