San Isidro’22. Los Juampedros ponen en fuga a Morante, Ortega y Aguado, la terna de la Bienal Sevillana de Arte Contemporáneo, esa tomadura de pelo. Márzquez & Moore

La Resistencia

JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
Hoy era el día, por fin, en el que la jaculatoria de todos los días cobraba plena vigencia. Hoy, al fin, podemos proclamar a gritos con el programa oficial, página 7, que “Juan Pedro Domecq y Núñez de Villavicencio compró a principios de 1930 la ganadería del Duque de Veragua”, porque ahí estaba la uve ducal y la divisa encarnada y blanca, la vieja divisa de don Vicente José Vázquez, las señas de los toros que se enseñorearon de Madrid durante lustros, antigüedad de 2 de agosto de 1790, y para confirmarlo ahí estuvo Malhechoro, número 13, pura pinta del Veragua auténtico que es el salpicado y no eso de los jaboneros, que tiene su historia y hoy no toca contarla.
Lío gordo a costa de los toros de Juan Pedro, la juampedritis del añorado Juan Galacho (qDg), que nunca sabremos a ciencia cierta los toros que tuvieron que traer desde Lo Álvaro a Madrid para aprobar seis, porque en los toros todo es opaco, y lo que sabemos bien es que lo que se aprobó fue una escalera, un vaivén de tamaños y pesos que van desde los 592 hasta los 524 kilos de la báscula de Las Ventas, que es la misma báscula que la del tendero de 13 Rue del Percebe. Ahora bien, que la corrida haya sido una escalera, que se hayan protestado toros de salida e incluso que haya habido alguno de blandura de plastilina, no debe engañarnos. Los servidores del Maligno que hacen el mamarracho en la TV o que ponen sus firmas al pie de deleznables crónicas mercenarias cargarán el peso de la culpa del desastre de hoy a la ganadería, cuando los auténticos responsables de llevar a la nada al festejo de esta tarde tienen nombre y apellidos y se llaman, por orden de antigüedad, José Antonio Morante Camacho, Juan Ortega Pardo y Pablo Aguado Lucena. Se pongan como se pongan, la corrida ha ofrecido verdaderas posibilidades de lucimiento, pensando sólo en los toreros, porque en el día de hoy la cosa del toro era puramente circunstancial, pero los tres del vestido con oro han optado por presentar la auténtica cara del miedo, y lo mismo ha sido por ver los pitones, que estos pitones, con todo lo que les pongamos de fundas y de otras hierbas, no los ven más que en Madrid.
Por la mañana Morante se fue a dirigir las obras de terraplenado en Las Ventas. En vez de estarse tranquilito en el Wellington o de irse a tomar cañas, como Manili aquel inolvidable día de Miura en Las Ventas por la tarde y de cañas en La Cruz Blanca de Goya al mediodía, el tío se puso una gorrita y se fue a inspeccionar el terraplenado de la arena de obra de la Plaza, a dar la murga y a darse un poco el pisto. Gallito mandó hacer la Plaza y Morante, el gallista de pega, se va a enmendarle la plana con su experiencia niveladora. Son cosas que hace para que se hable de él y que le ayudan a crear el personaje atrabiliario y algo tronado que va componiendo. Luego el hombre hizo lo de bajarse a la Plaza en jardinera, le puso una parpusa al mozo de estoques y agavilló un botijo por si había que mojar la muleta. Esto es, como si dijéramos, la mise-en-scène de José Antonio. Luego está lo del vestido nazareno y azabache con dos pañuelicos blancos, uno a cada lado, que parecían las luces de gálibo delanteras de un camión, y la montera, que según me dice mi Cossío portátil, la montera que porta es como la que usó Montes en Sevilla la tarde del toro Borracho, de Carlos Otaolaurruchie. Entre esos aditamentos y el capote con vueltas verdes nuestro entrañable Mofletes de la Puebla parece un arbolito de Navidad.
En la cosa ya propiamente taurina, ya avanzamos que la nada más pavorosa envolvió al pobre José Antonio, que se hizo presente en la Plaza sólo para todo lo que se ha contado antes, lo del personaje, pero que su interés no tenía nada que ver con lo del toreo de capa, ni de muleta, ni con la cosa de la suerte suprema. Él con sus monerías ya había cumplido con la parroquia. La colección de trapazos con el capote que le metió al primero, enganchados, rematados de cualquier forma por arriba o por donde saliera, la colección de telonazos con la muleta dados al albur, produce la sensación de que no quiere ni ver al infeliz de Faccioso, número 79, al que no da un solo muletazo limpio, ni uno solo sacado por la pala del pitón. El único que no defraudó, como siempre, fue Lili, en cuanto a lo de sus generosos y tradicionales rasqueos genitales. Y en el cuarto otra taza de caldo de la impostura, con el torero a mordiscos con la esclavina, que mucho “quite del bú”, pero a ver dónde hay una foto de Gallito a mordiscos con la esclavina, como si fuera un regaliz. Este toro tomó en la pila bautismal el nombre de Pontífice y con un hierro candente le marcaron el número 8 y todo el poco o mucho cuidado que se tomase don Juan Pedro Domecq Morenés en la cría del bicho lo habría empleado mejor dedicándose a los geranios, porque lo único que se le ocurrió a nuestro dilecto gordito desde que le vio asomar fue que tenía que cargárselo cuanto antes. Sin dar un solo capotazo digno de tal nombre, Morante se vio vencido hacia las tablas por las justas fuerzas del toro, para que se calibre al autoproclamado heredero de Gallito
Nueva creatividad de Lili al tirar el capote a la salida del toro del caballo en un deplorable tercio de varas protagonizado por Aurelio Cruz y su descomunal penco. El colmo fue cuando el toro no se arranca a la mole equina, a ese Monte Rushmore caballar y Aurelio, desahogadamente, practica la tele pica, dando golpecitos al bicho para que se arranque. La verdad es que no sólo es la cosa de las varas, porque la cuadrilla es de tirar cohetes con esos epítomes del Cuco, el Almendro y Blanquet de corte cómico que se ha mercado el Gallo de La Puebla. Mientras el solícito Miguel Martín, protegido del Gerente Abellán, reparte agua por el callejón un día más, Morante ya estaba agarrando el estoque de verdad, porque ni le cabía en la mente que pudiera hacer otra cosa que matar al bicho. No dio un solo pase y lo mató como pudo. Durante el duelo previo al deceso del toro, un energúmeno del 8 lanza una almohadilla al ruedo y se crea una formidable bronca con muchos espectadores demandando la expulsión del interfecto de la Plaza. Mientras nadie le atiende, Morante sigue con su estación de penitencia con el toro y cuando el de la almohadilla abandona la Plaza sin soltar el vaso de gin&tonic muchos pensarían que esa solitaria almohadilla acaso era otro de los trucos de Morante para desviar la atención de él y que el del vaso era un paisano bien aleccionado.
La segunda parte de este trío de artistas que nos mandaron de Sevilla estaba compuesta por Juan Ortega, que da la impresión de ser uno de esos globos que has inflado para una fiesta infantil y que cuando vas a recogerlo al día siguiente están fofos y sin tersura. Lo primero cantaremos lo bueno, que son tres verónicas excelentes en el recibo de su primero, Tendencioso, número 180. Luego, pese a que el toro no era lo que se dice un Hércules ni mucho menos, la desconfianza y el recelo de Ortega hacia el animal hacen que base su relación con el astado en la cautela cosechando una buena vendimia de enganchones, mientras su mano crispada y el brazo levantado, como un vendedor de pareos de la playa, demuestran a quien quiera verlo que el chico está hasta las trancas. El hombre va desarrollando su labor a base de no mandar ni aguantar, mientras propone muletazos en los que está pensando en irse antes de que el toro haya hecho la mitad del recorrido. Se tira a matar como quien pincha una aceituna en la barra de un bar y luego cobra una estocada tirando la muleta. En su segundo, Sabalero, número 84, no brilla con el capote entre enganchones. Óscar Bernal agarra un par de buenos puyazos, sobre todo el primero, y Ortega nos deja un ramillete de unas preciosas chicuelinas de un aire sevillano exquisito, ni una brusquedad, como de seda, rematada cada una de ellas de manera muy airosa y graciosa, sin drama ni violencia, lo mejor de la tarde. A este soplo de exquisitez le responde Aguado con otras que son más parecidas a las de todos los días. Con la muleta estamos en lo mismo de antes. El torero manda menos que la alguacililla, doña Rocío, y el toro tiene más ganas de embestir que las que tiene el torero de torearle. Digamos que Juan Ortega no se atreve a ir al sitio donde se torea, donde el torero crece y se hace puro, y prefiere tirar líneas que muchas veces se resuelven como enganchones. Tras unos desplantes como si hubiese cuajado la faena de su vida que resultan algo chuscos y habiéndose puesto ya un pelín pesado, cobra una estocada rinconera y cierra su paso por San Isidro con bastante menos cartel del que trajo.
Como culminación del cartel del arte sevillano en los madriles sale el veragüeño Malhechoro a recibir leña de Mario Benítez desde el Teide equino de turno. Iván García banderillea con eficacia y fácil sobriedad y es un lujo verle andar por la Plaza. Al lado de las incertidumbres de Ortega, ver a Pablo Aguado es como ver a Millán Astray planificando la toma de las Tetas de Nador, pero aunque su intención es más resuelta que la de su paisano y antecesor, la impresión que deja su labor es la misma que la contemplación de un tío poniendo ladrillos, sin alma ni arte alguno. Ya sólo verle agarrar el palillo por el extremo más extremo cuando cita al natural produce una impresión poco grata a los que somos de muleta asida por el centro, y qué decir de las carreritas y del uso ventajista del pico de la muleta… Estocada subcutánea, media estocada y descabello es el balance final. Es el sexto, Loquillo, número 213, el toro que estaba astillado en el reconocimiento al que la Virgen de Lourdes ha arreglado el pitón en los corrales. Tras la consabida huida masiva de público digamos que Aguado remata de manera adecuada la tomadura de pelo en que ha consistido la tarde en la parte de los coletas y se ve que el hombre no quiere apartarse de la línea de fracaso que viene definiendo la tarde, por lo que ahonda en las mismas proposiciones que en su primero en cuanto a vulgaridad, ventaja, carreritas y demás artimañas del arte taurino contemporáneo:
-A mí es que no me gusta el arte contemporáneo -comenta con humildad el aficionado T.
A las 9 en punto de la tarde Ortega se tira a matar por primera de las tres veces que lo hará, hasta que consiga el bajonazo trapero que pone punto final al festejo de la bienal sevillana de arte contemporáneo.
“Hay que recuperar el toro de Madrid” proclama una pancarta de buen tamaño que se exhibe desde el tendido 7 y que manifiesta de forma clara lo que muchos creemos ante la copiosa abundancia de toros impropios de esta Plaza que vemos cada día, hoy también. Luego, espontáneamente, al finalizar el festejo, la afición se pone a corear fuertemente: “¡Toro!, ¡Toro! ¡Toro!”, y salimos de la Plaza confortados, porque Madrid, nuestra Plaza, aún resiste mientras nos queden fuerzas.
Malhechoro, número 13, pura pinta del Veragua auténtico,
que es el salpicado y no eso de los jaboneros, que tiene su historia
y hoy no toca contarla.
ANDREW MOORE

LO DE MORANTE
LO DE ORTEGA
LO DE AGUADO

FIN

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