San Isidro: El aroma del toreo se paseó por Las Ventas / por Antolín Castro

Genio, gracia y sevillanía a raudales inundaron la plaza venteña, algo que quedará en el corazón, la retina y el recuerdo más imperecedero de la feria para quienes tuvieron la suerte de presenciarlo.

 El aroma del toreo se paseó por Las Ventas 

Antolín Castro
Opinión y Toros / 02 Junio 2022
Y el intérprete cabal fue un inspirado Morante de la Puebla, quien embriagó la plaza con su toreo.
Desgranó torería al tiempo que intercalaba pasajes puros con un amplio repertorio muletero. Aquello no era lo de todos los días y supo captarlo, y saborearlo, la plaza como si no hubiera un mañana.
La verdad es que habrá mañanas igual que también hay ayeres, pero esas formas de interpretar el toreo, reunido y embraguetado, sensible y apasionado, despacio muy despacio, no hay muchos coletas capaces de hacerlo, y la gran mayoría ni de pensarlo. Por eso se puede, y se debe, esperar a Morante con la fe de quien piensa que los milagros existen.
La felicidad no fue completa por culpa del uso de la espada y la cruceta. La primera por defectuosa a pesar de volcarse sobre el morrillo con la clara intención de no fallar y el descabello por acertar al segundo intento. La locura extendida por la plaza durante la faena, tuvo ese tiempo de relajo para pedirle solo una oreja.
No faltaron los bellos naturales a pies juntos
Nunca una vuelta al ruedo fue más despaciosa, como su toreo, recogiendo todo tipo de prendas y reflejándose en el rostro de Morante la alegría por haber hecho felices a tantos, empezando por él mismo. No fue la obra perfecta porque para los artistas la perfección no existe, el arte no tiene principios ni finales, tiene sensaciones que transmitir y eso es lo que, sin duda, se sintió en los tendidos con la muy personal tauromaquia del de la Puebla.
Genio, gracia y sevillanía a raudales inundaron la plaza venteña, algo que quedará en el corazón, la retina y el recuerdo más imperecedero de la feria para quienes tuvieron la suerte de presenciarlo.
La tarde no solo fue eso, los toros mansurrones y abantos de Alcurrucén, permitieron después en la muleta que la terna pudiera poner en práctica sus distintas maneras de dictar sus lecciones. Y lo hicieron, aunque el resultado no fuera el mismo para ellos, a salvo el uso de los aceros donde quedaron muy igualados… pero en mal.
El peor en ese uso de la espada fue el que normalmente asegura su ejecución con su famoso julipié, esa forma descarada de irse de la cara del toro, echarse a un lado y clavar a toro pasado. No fue su día y quizá por ello perdió un trofeo que sus muchos seguidores ya tenían pensado pedir en su primero. Faena de muchos pases encadenados para hacer bramar a los tendidos, muy en Juli, cosa que es posible cuando hay toro que embiste cinco veces seguidas. Con el quinto, que no embistió tan de seguido, esa técnica ya no fue posible y la labor se diluyó como un azucarillo.
Ginés Marín está a mitad de camino de ser pegapases, queriendo ser artista. Y en esa constante disposición, a una cosa y otra, aparece de vez en cuando un lance o muletazo bello, mezclado con cualquier gurripina de tercera. Se empeñó en sacarle pases, muchos, al aquerenciado sexto y casi nos tienen que sacar de la plaza con el búho, ese autobús nocturno para los trasnochadores de Madrid.
La tarde fue, es evidente, de Morante, pero los seguidores de los otros espadas pudieron salir satisfechos también con lo que les ofrecieron.
Dos detalles, al margen del propio toreo, hay que destacar en la tarde: La presencia del Rey Felipe en el palco para presenciar, una vez más, la corrida de la Beneficencia. No tendrá queja del cariño que le mostró el público. A pocos sitios puede ir donde se le ovacione de esa manera. Debería venir más. Los espadas le brindaron sus primeros toros.
Por otro lado, también estuvo presente en un burladero del callejón, Emilio de Justo, quien sufrió el tremendo percance el domingo de Ramos y que le obliga a llevar un aparatoso corsé. El Juli, su sustituto en el día, le brindó su segundo toro. Nos alegró ver al cacereño de nuevo en la plaza, aunque fuera de paisano.
Mientras salíamos del coso, observamos como algunos querían torear a lo Morante… eso sí, sin toro. Esas son las cosas del toreo, todos quieren ser artistas por un día mientras explican lo visto.
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