Pla Ventura desde la calle: Una carta sublime

La democracia nos trajo cosas fantásticas, entre ellas que los ciudadanos pudiéramos votar para elegir a nuestros representantes políticos y, en el aspecto negativo que en ese mundo de la política albergara a todo tipo de personajes, en su gran mayoría gandules, ineptos y gente de mal vivir, las pruebas las tenemos a diario con los susodichos que, tras una gran guarrada cometen otra y, así, sucesivamente. Al respecto de España, en cierta ocasión parodió la situación EL GENIAL Pedro Ruíz que, sin pretenderlo, -quizás con toda la ironía del mundo- dijo que antes España era una grande y libre y ahora somos diecisiete pequeñas y cabreadas. Como fuere, Pedro Ruíz retrató a España como antes nadie lo había hecho.

Si uno tuviera que analizar las barbaries que se dan cita en la política con nuestros mandatarios, además de faltarnos hojas, no tendríamos bastante tiempo con las veinticuatro horas del día porque lo que en política sucede es tan surrealista todo ello que, aplicado al celuloide tendríamos la versión más inverosímil que pudiéramos imaginar; vamos que, como dice un dicho popular, la realidad siempre supera la ficción y, miles de situaciones podríamos contar para dar fe de lo antes dicho. Por mucho que los guionistas se empeñen en crear historias rocambolescas, si se centraran en la realidad política, a diario tendrían hecho el guión.

Lo más increíble del mundo lo pude leer hace pocas fechas respecto a un pueblo que se llama Camporredondo de la provincia de Valladolid. Más que un pueblo, una pequeña aldea olvidada por los políticos como ha ocurrido en miles de pequeños núcleos de España. Apenas cuenta el pueblo con ciento cincuenta habitantes y como alcalde, un humilde trabajador del pueblo que se llama Javier Izquierdo García que, su único pecado, por lo que deduzco, es que está afiliado al PP.

Dicho pueblo recibió un comunicado del Senado de España instándole a que quitara el nombre de una calle que atiende por CALVO SOTELO, por aquello de la puta memoria histórica que se sacaron de la manga, en este caso el horrible José Luís Rodríguez Zapatero, un ser maligno donde los haya. Como dije, el problema de la mayoría de nuestros políticos, su gran pecado no es que sean de derecha o de izquierda; su imperfección no es otra que su analfabetismo, digamos que les puede antes el resentimiento que la verdad o el raciocinio de las cosas. Y ese odio es el que han descargado contra el pueblo de Camporredondo en que, su alcalde, un hombre lógico y coherente, ha tenido que remitir al Senado una carta en la que les tacha a todos de retrógrados y analfabetos.

Lo explico, la calle Calvo Sotelo puede lucir en cualquier parte de España porque, entre otras cosas, don José Calvo Sotelo fue asesinado por orden de la Pasionaria y ejecutado a tiros por Luis Cuenca, un 13 de julio de 1936, fecha que, como saben hasta los niños de pañales no había empezado la guerra civil, la que pedían a gritos La Pasionaria y sus colegas del socialismo. Siendo así, ¿qué hostias pinta la memoria histórica con este hombre que le mataron por ser de derechas y por haber sido Ministro de Hacienda? Y si nos referimos a don Leopoldo Calvo Sotelo, como el mundo sabe fue presidente del gobierno en plena democracia, entre 1981 y 1982. ¿A qué Calvo Sotelo se refieren estos estúpidos? Hay que ser mala gente, descerebrados, incultos y burros para no leer un trocito de nuestra historia. Bien por el señor Javier Izquierdo García que, en su misiva dirigida al Senado, al despedirse lo hace con un afectuoso saludo “que usted no merece”

Eso sí, la memoria histórica que empezó aquel analfabeto y repugnante antes citado, además de socialista es iletrado, sectario y mala persona. Lo digo porque esa ley, si de verdad hay que cumplirla, la misma debe de tener vigencia para unos y para otros pero no, los que cayeron por las balas asesinas de los rojos, esos no merecen ni agua; los demás, todos tienen que ser santificados. ¿Qué coño pinta la estatua de Largo Caballero en Madrid? Ah, sí, no había caído, era rojo hasta el morir y él sabría los cadáveres que dejo en su camino; y una plaza con su mismo nombre, y una placa que retiró el pasado año el ayuntamiento de Madrid; vamos que, Madrid olía a Largo Caballero desde todos sus costados.

Fijémonos hasta donde llega el odio de estas gentuzas que, don José Calvo Sotelo, hombre admiradísimo en aquellos años veinte y treinta, el rojerío de la época no podía soportar que en política hubiera un hombre válido en un mundo de burros y analfabetos como eran todos los socialistas y comunistas. ¡Y querían ganar la guerra! ¿Qué hacer para que no les hiciera sombra Calvo Sotelo? Asesinarle, era la única alternativa.

Ahora, en Camporredondo, aunque sin sangre, ha ocurrido algo parecido porque un humilde trabajador del pueblo que, además de ocuparse en sus menesteres laborales y sin percibir un céntimo como alcalde, ha leído un poquito la historia de España, le ha dado al Senado, al gobierno y a todos los apestosos que viven como monarcas gracias a la democracia, una soberana lección. Desde luego, si tuvieran vergüenza, en el Senado y en el gobierno, tras recibir una demoledora carta como la que les mandó don Javier Izquierdo García, tras su lectura, deberían de haber dimitido todos, pero como estas gentuzas no tienen vergüenza aguantan de forma estoica lo que les quieran decir, la cosa no va con ellos.

En la imagen la badera de Camporredondo, Valladolid.

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