Nuestro crucero de San Isidro / por François Zumbiehl

Dejamos la tierra firme de los sinsabores cotidianos para una travesía de casi un mes, en busca de la emoción que colme nuestras expectativas, y con el miedo al vacío que nos espera después del último toro de la Feria.
Nuestro crucero de San Isidro
François Zumbiehl
ABC / 08/05/2022
La Feria de San Isidro es comparable con el Festival de Cannes para el cine. Ahí desfila cada año lo más granado de la torería andante, del mundillo con miras al negocio, de la afición española y mundial, amén, por supuesto, del núcleo madrileño que lleva la voz cantante. Sin embargo, la excitación que sentimos, muchos de los abonados, a pocos días de que empiece, es parecida a la de unos pasajeros que se disponen a embarcar para el ansiado crucero. Sobre la seis de la tarde, dejamos la tierra firme de los sinsabores cotidianos para una travesía de casi un mes, en busca de la emoción que colme nuestras expectativas, y con el miedo al vacío que nos espera después del último toro de la Feria.

En realidad, experimentamos durante este período una treintena de miniembarques y desembarques a las puertas de Las Ventas. Este condensado de ilusiones y desilusiones entremezcladas hace que el público se ponga a veces tenso y malhumorado. En cada tarde se oyen voces discrepantes, instrucciones o reproches lanzados al matador de turno, lo que convierte éste en un opositor ante un jurado de miles de catedráticos. Pero es que en esta plaza el pueblo sigue siendo soberano -es la gran lección de esta feria-, privilegio que le fue concedido incluso en tiempos preconstitucionales, cuando tenía la libertad de convertir a la autoridad, sentada en la presidencia, en el chivo expiatorio de algunas frustraciones, increpándola con total impunidad, e incluso señalándola por supuestas estafas, al grito de «¡Manos arriba! ¡Esto es un atraco!»

El motor de la admiración en Madrid, sobre todo cuando torea una figura a la que se le exige, es una maquinaria pesada y más lenta que en otros sitios, en particular que en la Maestranza. También pesa el silencio, entrecortado por aislados y repentinos clamores de escepticismo. Pero cuando sube la ola del ¡ole!, ésta alcanza una densidad y una altura únicas en todo el orbe taurino. Entonces no hay nada más estentóreo y unánime que este grito de felicidad ante la belleza plasmada en la arena, grito a la vez de victoria sobre decepciones, percances y malos momentos que han impedido la eclosión de un arte que sabe a gloria. Y ahí el abanico de esta admiración es muy amplio. Se exige y se valora la integridad de la tauromaquia, y se mira con especial respeto a los toreros que cumplen con esta exigencia, asumiendo todos sus riesgos. Pero, por otra parte, la estética, no reñida con la verdad, en sus facetas más exquisitas ocupa en Madrid un sitio privilegiado. Aquí los artistas del toreo son unos consentidos, como se diría en México, y se les perdona algunas debilidades.

Terremoto de la emoción

Como muestra de esta amplitud del gusto por el que se decanta la afición madrileña, entre mis recuerdos más lejanos, podría destacar tres momentos en los que creí que el terremoto de la emoción iba a derrumbar la Monumental de las Ventas, y donde la intensidad del clamor puso de pie a los últimos espectadores que tardaban en levantarse. Fue cuando Antoñete realizó con un toro de Garzón una faena digna del Olimpo, unos días después de la Corrida del Siglo, resucitando por unos instantes el jolgorio de esta inmensa tarde. El maestro restituyó un toreo de las distancias, oxigenado, dibujando cada pase en amplias líneas. Fue la faena de Paquirri al toro Buenasuerte de Torrestrella, asumiendo la acometida larga y un tanto violenta del astado. En cuatro o cinco series, rematadas con un estoconazo, desarrolló una obra grandiosa, con un trazo de una firmeza inigualable, dejando boquiabierto y admirado al público. Y fue el quite de Rafael de Paula, en el 79, cuando la majestad de su capote se iluminó por una suavidad inquebrantable y continua. Envuelto en el mismo hechizo que el torero, el toro ya desistió de enturbiar la onda de la tela dulcemente movida ante sus pitones. El Paula, por su parte, dejando caer sus brazos, y poniendo la mandíbula sobre el pecho, parecía mirar a su oponente como desde lo alto de un balcón, procurando no entorpecer su embestida sonámbula, ante el clamor sordo del respetable, que tampoco quería romper el milagro. Y vino la cogida. Será porque de repente el toro despertó mientras el torero, y nosotros con él, estábamos todavía soñando.

Ya sé que el momento exige que nosotros, los aficionados, nos dediquemos ante todo a la militancia, que arrebatemos con argumentos los ataques de los antitaurinos, nutridos, gran parte de ellos, por su ignorancia y sus prejuicios en contra de la Fiesta. Que les expliquemos que la tauromaquia es la celebración, milenaria en muchas expresiones de la cultura mediterránea, del ciclo entrelazado de la vida y de la muerte; que admiramos al toro, porque también es nuestro héroe, muriendo en la plenitud de su vida, como muere con él la belleza de la faena eclosionada durante unos minutos. Pero, en realidad, ni se toman la molestia de escucharnos. Y resulta que, a pocos días de que empiece la San Isidro, necesito, yo también, tomar vacaciones y embarcarme en este crucero. Si no escuchan nuestros argumentos, que por lo menos escuchen los clamores que, de vez en cuando, hacen temblar la plaza de Las Ventas. Nosotros, a seguir nuestro rumbo, murmurando con tranquilidad, al estilo de Fellini: «E la nave va».

A %d blogueros les gusta esto: