Morante, abolicionismo y un nudo de contradicciones / por Alcalino

Y sí, Morante. Sucedió en la apertura de la fugaz feria de San Miguel en la Maestranza pero ya había ocurrido en Madrid, Azpeitia, Valladolid, Salamanca… con la diversidad de matices que ofrece este torero inclasificable. 
Morante, abolicionismo y un nudo de contradicciones
Alcalino
México/Octubre 3, 2022
2022 ha traído en el esportón muchas revelaciones de orden taurino. Para los aficionados mexicanos aún sobrevivientes, casi todas malas. Para el toreo en general, un rosario de contradicciones, empezando por el hecho de que una campaña antitaurina de neto corte neoliberal esté siendo asumida por la presunta progresía con puntos y comas, con el apoyo, claro, de las redes sociales, ese otro producto impuesto por el Consenso de Washington. Y como paradoja tenemos un escenario donde la elevación celestial del toreo –cuyo representante en la Tierra responde al nombre de José Antonio Morante Camacho— conviva en flagrante asimetría con la ya larga retracción de la fiesta de toros –fenómeno de la cultura popular– a un gueto oscuro e insondable, alejado del pueblo llano por el silencio de los medios de comunicación, y al amparo de cuya opacidad se mueven intereses múltiples, a menudo inconfesables.

Y sí, Morante. Sucedió en la apertura de la fugaz feria de San Miguel en la Maestranza pero ya había ocurrido en Madrid, Azpeitia, Valladolid, Salamanca… con la diversidad de matices que ofrece este torero inclasificable. El viernes 23 tuvo un cuarto toro que apenas se mantenía en pie y que, desafiando las protestas del tendido, pasó a regañadientes a través de dos tercios deslucidos y pesados, a salvo un terceto de dulcificadas chicuelinas del espada en turno, vestido para la ocasión de verde manzana y oro. “Derribado” (540 kilos, negro, delantero y brocho de pitones) llegó, con paso renqueante, a la muleta de Morante de la Puebla, ese lienzo escarlata tras el cual, como mago de feria, esconde este sevillano inesperados prodigios visuales. Que no son producto de prestidigitación alguna sino de una clarividencia poética que a veces –como en este caso—invade resueltamente el territorio de lo épico. “Derribado” arrastraba las extremidades traseras, dudaba y probaba a cada paso, se vencía por el izquierdo. Pozo seco que Morante se empeñó en convertir en manantial. ¿Cómo lo consiguió? A impulsos de una convicción férrea, a fuerza de un valor silencioso, sereno y constante, por gracia de su arte único, personalísimo.

No fue la obra acabada que desde lejos reluce como tal. Fue un trabajo de orfebrería practicado sobre la materia bruta a ojos del público, que lo presenció con un asombro creciente a medida que la muleta morantista –extensión de un cuerpo que nació para torear—iba transformando al remiso en obediente colaborador. La fórmula consistió en un dominio privilegiado de las distancias y las alturas, a tono con la magra condición de “Derribado”, que fue derrumbando una a una, pase a pase, verso a verso, las resistencias que el de los Hermanos García Jiménez ofrecía hasta demolerlas por completo. Compendio genial de geometría, sentimiento y temple para ir alargando las en principio negadas embestidas en muletazos con la diestra de redondez impensada, en naturales increíbles, solos en los medios toro y torero, sometido, domado ese pitón zurdo antes intocable. Y resueltas las series en remates de originalidad inesperada, de rotundidad total, de gracia inefable. Faena para aficionados de cepa y para legos sin calificación; toreo para toreros, según frase consabida, lo mismo que para espectadores primerizos. Faenón de rabo, coincidirían todos, que redujo su premio a una solitaria oreja porque la estocada, defectuosa, fue precedida por par de pinchazos en los que, en el momento crucial de la arrancada, se distrajo el astado con alguno de los sombreros que rodaban por ahí.

Sevilla, la Maestranza, ha sido siempre rácana con Morante. La fortuna en los sorteos –sin distinción de plazas—también. Ya poco importa. Obras de semejante calibre sólo pueden estar al alcance de los elegidos. Hay aficionados y cronistas de pro que afirman no haber visto ni sabido jamás de un torero que aunara con tan preclara nitidez la aleación soñada: arte, valor y sabiduría, reunidos en una misma persona.

Me limito a afirmar que, en obras humanas, la perfección no existe. Afortunadamente. Y me quedo con esta faena –tan perfectamente imperfecta, tan arrebatadoramente bella—para juntarla en el recuerdo con las de abril a “Ballestero” y mayo a “Pelucón” –trilogía de oro de Morante en el año de oro de Morante. Allí donde permanecen –deslumbrantes, victoriosas– las de “Traguito” (Camino), “Jarocho” (MM), “Timbalero” (Mariano), “Bastonito” (Rincón), “Jabaleño” (Roca) y algunas más. Ventajas de la edad, digo yo.

Colombia: abolición pospuesta. La desigual batalla entre el activismo taurofóbico y la defensa más bien endeble de lo que por gusto y tradición nos pertenece continúa en los países taurinos del orbe. El Congreso de Colombia acaba de rechazar el proyecto de abolición total que le fue presentado, pero a cambio de disponer una consulta pública a efectuarse departamento por departamento (es decir, estado por estado). Se ha comentado hasta el cansancio –está también en Ofensa y defensa de la tauromaquia (Edit. BUAP, 2017)—que plebiscitar el tema es entregarlo, atado de pies y manos, a las fuerzas abolicionistas, puesto que se enmarca en un contexto de prolongado abandono mediático y político que, unido a la desinformante, denigrante e incesante ofensiva de los antis hace previsible el triunfo de la censura sobre la razón, y la derrota de los valores democráticos frente a los de intereses comerciales y culturales de raíz anglosajona.

El pronóstico esta cantado, la opinión del presidente Petro –antitaurino aferrado— tiene un peso innegable. Pero habrá que esperar.

Francia: tauromaquia en riesgo. No se libra del asedio la patria de Ilustración, aun tratándose del país que con más claridad conceptual y legal ha apoyado su tradición taurina. Y es que está en marcha un proyecto de ley, a debatirse formalmente en noviembre, orientado a la abolición de las corridas de toros.

En Arlés, una de las ciudades emblema del taurinismo galo, se efectuó una gran manifestación, presidida por el alcalde de la ciudad y el presidente de la región Sur. Ambos políticos, al tomar la palabra, hicieron una encendida defensa de la tauromaquia como signo de identidad cultural en todas las ciudades y territorios donde la ley de 1951 reconoció la corrida de toros como un patrimonio de siglos para el sur de Francia.

Ya quisiéramos que políticos de otros países bajo asedio se pronunciaran con parecida valentía y claridad en defensa de la Fiesta. Y de tantas cosas más.

México: en suspenso. El miércoles pasado amanecimos con la novedad de que el gobierno federal, a solicitud del sector taurino aglutinado en torno a Tauromaquia Mexicana Siglo XXI, ha aceptado abrir una mesa de diálogo presidida por el secretario de Gobernación a fin de deliberar sobre el futuro de los toros en México en medio del enrarecido clima creado por los amparos y prohibiciones recientes. La temática que la representación taurina desea exponer tiene por ejes los aspectos económico y cultural de las corridas de toros: empleos directos e indirectos; ingresos para el fisco por concepto de impuestos; los toros como elemento de cohesión social; su valor identitario lo mismo para comunidades indígenas que para centros urbanos, etcétera.

Personalmente, considero fundamental desmontar el falaz argumento “ecológico” en que basaron sus decisiones el juez federal que decretó la suspensión de las corridas en la Plaza México y la trilogía de colegiados que refrendó dicho fallo. No podía ser más nebulosa y deleznable su compartida “certeza” de que la tauromaquia “daña el medio ambiente social”, pero urge aprovechar las muchas pruebas en contra de semejante despropósito –históricas, culturales y, por supuesto, ecológicas— para, por conducto del secretario de gobernación, llevar a Palacio Nacional y, eventualmente, a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, el panorama completo de lo que la tauromaquia es y representa para la cultura de México, con el conjunto de aspectos y valores propios de una realidad escabrosamente deformada ante la opinión pública, que ha permeado en la cómplice judicatura.

Remembranza y pregunta. En 1988 la Plaza México permanecía cerrada a piedra y lodo por intereses particulares. En diciembre, una empresa emergente organizó una breve feria de corridas en el Palacio de los Deportes con Manolo, Cavazos, Capea, Miguel Espinosa y la juvenil pareja Litri-Rafi Camino, de moda en España. La cosa no prendió y el gobierno de la ciudad decidió tomar cartas en el asunto: organizó una extensa y hermosa exposición con motivos taurinos en las principales estaciones del metro (pinturas, carteles, enseres varios). Fue un éxito. Armó entonces un patronato (Chucho Arroyo y Joselito Huerta a la cabeza) para que se ocupase de reabrir el gran coso clausurado, y una Comisión Taurina que velara por el estricto cumplimiento del reglamento. La reinauguración agotó el boletaje (30.05.89: MM, David Silveti y Miguel Espinosa con toros de Tequisquiapan). El regente Manuel Camacho Solís –¿te acuerdas, Marcelo Ebrard?— viajó en helicóptero desde La Magdalena Mixhuca, donde acababa de premiar a Ayrton Senna por su única victoria en un GP de México, hasta la Plaza México, que le hizo objeto de cálida recepción.

¿Tanto hemos cambiado desde entonces? Y no me refiero a la cultura política, sino a la otra, la grande, la intergeneracional, la que aún alienta en la entraña mexicana más auténtica y profunda…

Proeza zapatista. Ya habrá ocasión de abundar en la gesta torera anunciada para el 15 de octubre en Apizaco: Uriel Moreno “El Zapata” solo ante seis toros de Piedras Negras. En medio del desastre, un alarde digno de los mejores tiempos de nuestra tauromaquia.

Publicado en: La Jornada de Oriente

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