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México: Al último el toro, al último el aficionado / por Jorge Eduardo

En el ruedo vimos una sucesión de reafirmaciones de por qué la afición no ha respaldado a estos toreros con su preferencia en las taquillas de las plazas mexicanas. Se trató de un cartel construido como una especie de catálogo de la baraja que maneja el poderoso grupo empresarial tras los destinos de la Monumental: los toreros de casa son estos, y son los que torean.
Al último el toro, al último el aficionado
En una noche de innovaciones, en poco se diferenció la oferta taurina de la Plaza México respecto a lo que estábamos acostumbrados antes de la interrupción.

Ello no obstante los aires de nuevo comienzo, en la medida en que este cartel, que antes de la suspensión hubiese acarreado, quizás, un tercio de la concurrencia que acabó por congregarse en los tendidos del embudo. Había ganas, afición, <<fiebre, fiebre que este vientecillo helado que nos acuchilla las carnes en las avenidas no alcanza a mitigar>>, diría Amado Nervo ante el inicio de alguna temporada de toros allá por las postrimerías del siglo XIX. Así lo confirmaron las 17 o 18 mil personas que cubrieron los tendidos de nuestro coso.

En el ruedo vimos una sucesión de reafirmaciones de por qué la afición no ha respaldado a estos toreros con su preferencia en las taquillas de las plazas mexicanas. Se trató de un cartel construido como una especie de catálogo de la baraja que maneja el poderoso grupo empresarial tras los destinos de la Monumental: los toreros de casa son estos, y son los que torean. En ese sentido, la sexteta levantó las primeras suspicacias: ¿Dónde están los triunfadores? ¿Por qué invertir en ofrecer dieciséis corridas de toros, si a la vuelta no valen nada los resultados del esfuerzo propio? Este proceder, lastimosamente, se está volviendo costumbre.

Quizás el único fuera de este talante fuese Uriel Moreno «El Zapata», que hizo lo más pinturero de la noche con el abreplaza de Rancho Seco. No obstante, su aburrida labor con la muleta recordó por qué, a pesar del fervor que le tiene la afición capitalina, jamás ha tenido tirón de taquilla. 

El Calita estuvo serio y derrochando sitio frente al toro de La Joya, cruzándose tanto al pitón contrario como se retuerce. Acabó la lidia metido en tablas, quizás sin mucho acierto, y para variar mató de estocada. 

Pablo Sánchez claudicó en su esfuerzo de meter al burraco de Jaral de Peñas en la muleta, y se arrancó con los circulares invertidos y demás bisutería. La gente tenía ganas de premiar algo y lo ha hecho con esto. 

Sergio Flores estuvo dubitativo frente a un toro de Los Encinos con nervio y dificultad, con el que el tlaxcalteca no parecía tener mucho ánimo de entendérselas.

Luis David Adame se las vio con un astado de José María Arturo Huerta, chico, pero con trapío de toro acorde con su origen Saltillo-San Mateo. La gente no lo entendió así y le volteó la cara al que por mucho tiempo ha sido el toro de la Plaza México, deslumbrados quizás por el oropel del encaste Domecq de los bureles corridos anteriormente. No obstante que el toro dió visos de poder funcionar en la muleta, Adame se contagió de los ascos de la gente, le espantó las moscas, y pare usted de contar. Antes intentó el quite al alimón con Leo Valadez, en un ambiente absolutamente desfavorable. Un sinsentido, pues, casi un acto circense.

Leo Valadez pasó de noche con un toro desclasadillo de Pozo Hondo, lo que bastó para que el aguascalense no apostara por el triunfo. Ay pa la otra.

Según el vox populi, que es la voz de Dios, para concretar este batidillo ganadero se recurrió al consabido método de que cada cual trajo su toro bajo el brazo. Se trata de un procedimiento garantizado: se elude la responsabilidad de ofrecer una corrida de toros pareja, con edad y trapío, ofreciendo como única garantía el prestigio de un ganadero y su hierro. Al mismo tiempo, el producto se mantiene coherente con esta lógica empresarial de clan que se está cultivando en los despachos taurinos de México. En este clientelismo taurino, para no variar, el fondo de la cadena alimenticia lo ocupa el aficionado, que una vez más respondió al llamado de su espectáculo predilecto. No deben olvidar, señores directivos, que esos que hoy se enfurruñaron son la razón de ser del espectáculo que organizan, y el termómetro del éxito que alcanzan.

Antecedió a la corrida una función religiosa, católica, en memoria de los muertos durante la pandemia del maldito Covid. La procesión se prolongó, y hacia el final de su intervención el sacerdote había perdido la atención de la concurrencia, que no obstante fue respetuosa. Quizás el escenario propicio para un servicio de este tipo sea uno más solemne, y no una plaza de toros que, si algo la distingue del resto de las existentes, es la secularidad de su calendario y sus motivos taurinos. También se adornó el ruedo con un primoso tapete al estilo de los artesanos de Huamantla, Tlaxcala, y seguramente de su factura.

Sustancia y contenido. Si no hay tales, los ritos son puro accesorio. Lo mismo los taurinos, que cualesquiera otros.

–Galería de fotos en ‘LaSuerteSuprema’: Click

–Texto de Amado Nervo en El Mundo, diciembre de 1899: Click

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