Lo cuenta Pla Ventura: Lleno, por favor

Lleno, por favor, así era el título de la mítica serie de televisión allá por los años ochenta en que, el gran Alfredo Landa le daba vida al “Señor Pepe”, el dueño de una gasolinera que nos hizo felices a toda España porque, entre otras muchas cosas, durante más de cincuenta años, hablar de Alfredo Landa eran palabras mayores, ahí está su extensa trayectoria en el cine, la televisión y el teatro en el que el actor navarro triunfó hasta lograr los peldaños más altos que pudieran existir en su carrera.

Hecho este preámbulo que me ha venido a la mente en este instante dicha frase y, la imagino en la boca o en la mente de todos los toreros, especialmente las figuras cuando están en capilla o adentrándose hacia el patio de caballos, por sus mentes no pasa otra cosa que el título, citado: lleno, por favor. Es por lo que suspiran y tiene su fundamento porque si una plaza está llena hay dinero para todos y, si está como viene siendo habitual, media plaza o poco más, lo que haya hay que repartirlo, un hecho que nos les hace la más mínima gracia a los toreros.

Es más, yo diría que, lleno, por favor, se ha tornado una súplica ante Dios, tan importante para ellos como el hecho de desearse suerte mutua entre los coletudos. Diríamos que es una quimera la que les corroe porque, casos como el de El Puerto de Santa María –se colgó el no hay billetes- de hace unas fechas, hacía años que no lo veíamos por lado alguno exceptuando Sevilla y Madrid; hasta el mismo Morante está toreando con cinco mil personas en los tendidos que ya es mucho decir, y para que eso ocurra hay que tener a Roca Rey a su lado puesto que, el peruano es el que tira “del carro” si de taquilla hablamos.

Hasta hace un par de décadas, lo de no hay billetes era lo normal, la causa común de todos los días, lo que provocó que a partir de aquellos años del siglo pasado naciera la figura del “reventa” puesto que, ante aquel gentío que se congregaba en las plazas de toros, mucha gente comprendió que, si tenían sagacidad y era hábiles, podían sacarse un sabroso jornal que les daba para vivir todo el año. Se fue apagando la llama del toreo como si de un cirio se tratare y, no es que desapareciera la figura de la reventa, es que murió la propia fiesta. Eran años esplendorosos en que, no había antitaurinos, ni políticos indeseables y, a su vez, la gente tenía más dinero en el bolsillo que, como se demostraba se lo gastaban en los toros.

Ahora la perspectiva ha cambiado. Ningún torero se ajusta por un dinero determinado y si se hace, es a la baja; digamos que, X por la gente que haya y Z si la plaza está llena. Y no existe otra solución puesto que la pruebas que tenemos son elocuentes. ¿Cuándo dinero cobrará Morante en los pueblos, es decir, en plazas de tres o cuatro mil espectadores? Con eso está dicho todo y si nos vamos a las grandes ferias, lo antes dicho, sin gente no se puede hacer un presupuesto fiable, por eso todos los empresarios hacen las cuentas partiendo de que habrá media plaza como aforo y, lo demás todo serán ganancias que, en demasiadas ocasiones no llegan y, como es sabido, en algunos plazas ha habido conflictos tremendos porque en la casa donde no hay pan, todos gritan y nadie tiene razón.

La fiesta sigue, es cierto, pero adecuada al tipo de circunstancias que estamos viviendo. Es lo que hay, es la frase que escuchan la gran mayoría de los toreros en boca de los empresarios que, lógicamente, no quieran arriesgar el dinero sabiendo que, el lleno y sin favor, es pura utopía. Es otra modalidad la que estamos viviendo que, para desdicha de los que se juegan la vida, son ellos los grandes perjudicados, Y, lo de comprarse una finca los toreros, eso ha pasado a mejor vida. Llevamos muchos años viendo toreros que han actuado en sesenta tardes en una temporada y a la hora de la liquidación, el torero el adeudaba al apoderado una considerable cantidad de dinero. ¿Puede ser posible semejante falacia? Más cierto de que existe un Dios, por eso digo que la fiesta, como no existen llenos, hay que adaptarla a los nuevos tiempos que, en realidad, son siempre sinónimo de miseria y desolación.

Como podía ser de otro modo, aludiendo al irrepetible Alfredo Landa, ahí le vemos junto a su premio «Goya», uno de los cientos que recibió a lo largo de su inmensa carrera.

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