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Lo cuenta Pla Ventura: Es el momento de los agasajos

Una vez que llega el frío y hemos vencido la temporada, los aficionados siguen con el alma caliente porque siempre tienen presentes a los toreros que, sabedores de su abandono por parte del propio taurinismo, son los aficionados los que reconfortan el alma de muchos diestros para que no se sientan nunca olvidados y mucho menos desamparados. Se clausuró la temporada por razones lógicas pero, por parte de los aficionados, éstos siguen con la llama encendida por amor a la Fiesta. Peñas, asociaciones, clubes y foros de distinta índole, todos se preocupan por los toreros.

Son hermosas estas entidades taurinas que cito puesto que, todas ellas, sin ánimo de lucro y costándoles el dinero del bolsillo organizan actos muy variados con la presencia de determinados toreros para agasajarles, premiarles y, ante todo, hacerles sentir que siguen vivos en los corazones de los aficionados. Podría citar a muchas de estas entidades pero, amigos, aplaudo de forma genérica a estos grupos de aficionados admirables que, sin afán alguno de protagonismo y con la ilusión de que siga viva la llama de la Fiesta, con ello les basta y les sobra para sentirse realmente pagados.

Es cierto que ha bajado en intensidad la labor de las peñas u asociaciones taurinas pero, muchas de ellas, todavía en pleno verano o temporada, siguen fletando autobuses para ir a ver a sus toreros en la plaza que fuere. A este respeto recuerdo con desmesurado cariño a la Peña Ortega Cano de  Cartagena que, capitaneada por nuestro inolvidable Ginés Martínez, fletaban autobuses para ir a ver a Pepe –Ortega Cano- en la plaza que fuere, un hecho que repitieron decenas de veces pero, llegó un día en que Pepe triunfó en Las Ventas y, desde aquel preciso momento nunca más se acercó a su peña de Cartagena y, lo que es peor, hasta les negó el saludo. Si creía Ortega Cano que el destino no tiene memoria se equivocó por completo porque ahora está pagando aquellas ingratitudes con las que logró el título de gilipollas, es decir, un ególatra estúpido que tras triunfar en Madrid no se acordó de aquellas personas que tanto le ayudamos, y me incluyo porque quien suscribe, por amor a Ginés Martínez, le dedicó muchas páginas al susodicho que, tras triunfar por lo grande me negó el saludo ante Matías Prats Cañete. En el pecado lleva su penitencia.

Llegado el caso, como los hechos demuestran, el ingrato o imbécil es siempre el protagonista que las peñas o asociaciones se han desvelado por él, nunca las organizaciones descritas que, rociadas de amor, trabajo, altura de miras y una inmensa afición son capaces de dar los mejor de cada cual en beneficio de un determinado torero, justamente aquel al que representan o admiran. Lo que pretendo dejar claro es la labor de estos aficionados ejemplares que, desposeídos de toda vanidad son capaces de trabajar incansablemente por la fiesta de los toros.

No saben los toreros, o quizás lo sepan, el gran valor que ostentan ante las peñas taurinas; es decir, aquello de sentirse agasajados en esta época invernal cuando no hay toros, cuando la fiesta está dormida, cuando los magnates de los empresarios de élite están contando los billetes que han dejado de pagarles a los que se han jugado la vida, pese a todo, los aficionados agrupados en dichas peñas sí viven por y para el torero al que representan, las pruebas son elocuentes en toda la geografía nacional. Por cierto, hablando de agasajos hacia los toreros, el Club Cocherito de Bilbao, el más antiguo de España, el próximo 14 de los corrientes rendirá honores a los diestros Juan Mora y su sobrino Alejandro Mora, todo ello en una charla coloquio moderada por el periodista Íñigo Crespo. Ello viene a demostrar que los aficionados tienen memoria puesto que, Bilbao, como todas las grandes plazas del mundo, saben del arte de Juan Mora.

Y no digamos nada de aquellos escritores que han puesto su ciencia, su cultura, su afición, incluso su dinero para narrar libros de toreros humildes que, de no haber sido de este modo, en la actualidad, nadie les recordaría. Como digo, la grandeza de la fiesta está siempre fuera de los recintos taurinos y, sin duda, en plena calle, sencillamente porque es el valor que ostentan los aficionados con sus actos admirables en todos los órdenes, pero siempre para favorecer a los diestros que se juegan la vida. Un reconocimiento que deberían tener en los despachos de los taurinos pero que, como comprobamos, todo ocurre muy lejos de las oficinas taurinas.

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