Lo cuenta Pla Ventura: El toro de Sevilla

Así se pasó la tarde Emilio Muñoz, ponderando lo que él entiende como el toro de Sevilla que, si le hacemos caso ya sabemos que se trata de un animalito sin casta, sin fueras, sin hechuras de toro bravo pero sí de auténtico bobalicón y, a veces, hasta con mala leche. Si querían el toro de Sevilla, allí lo tuvieron. Eran de Jandilla, pero podían haber sido de cualquier otra ganadería comercial. Cómo sería la cosa que, las cámaras, criminales en algunos momentos, nos mostraron como bostezaba un hombre cuando toreaba Morante.

Sin duda, a priori, era el cartel de la feria, eso no lo dudaba nadie pero, ya se sabe, cuando hay toreros……no hay toros. Y así nos pasamos la vida cuando se trata de las figuras. Es la fiesta que tenemos y no podemos cambiar. Si queremos ver toros, no busquemos a las figuras porque nos llevaremos un chasco monumental. Morante montó ayer lo que se dice el número de la cabra porque según él, su segundo, estaba reparado de la vista. Pura mentira. El problema era que se trataba de un burro desvalido que, para colmo, no quiso ni embestir. En su primero, Morante estuvo correcto, mató de una estocada y se disgustó mucho porque no le dieron la oreja que pidieron unos cuantos. Aclaremos este punto. De toda la vida de Dios, cuando un presidente ha negado una oreja a un diestro que ha llevado a cabo una faena brillantísima, el público, como pago, obligaba al diestro a dar por lo menos dos vueltas al ruedo y, en el caso de Morante, tras la negativa presidencia, como decía, la gente bostezaba. Siendo sí, ¿qué le iban a pedir? Que se retirara entre barreras.

Me duele en el alma ver a Diego Urdiales en estos barrizales que, sin duda, tienen glamur por aquello de ver la plaza llena, el medio toro y, sin duda, un dinero importante pero, nuestra pena, como aficionados, no es otra que no tuviera Urdiales un toro bravo para hacer el toreo que sabe, el que esbozó con esa naturalidad tan bella que nos mostró en su segundo enemigo, un toro que le duró un suspiro. Con la capa ya nos había obsequiado con un ramillete de verónicas de una belleza extraordinaria. En su primero, ese toro de Sevilla, resultó ser una auténtica porquería. Es triste todo lo que digo porque Urdiales está jugando con fuego y puede quemarse. Lo digo porque el taurinismo que tiene ganas de venganza, como se le vayan dos pies al diestro, rápidamente le pueden pasar una factura horrible.

Manzanares estuvo correcto en su primer enemigo que apenas tenía trapío; iba y venía y de tal manera lo toreó el de Alicante. Sin despeinarse, pero sin decir nada. En el último, el único animal con un poquito de picante, con un puntito de casta, con embestida rebrincada pero emocionante, Manzanares lo entendió y, sin convicción alguna le cortó una oreja tras un pinchazo que no entró ni un cuarto de espada. Con eso está todo dicho.

Como dije, toros sin trapío que, si en el peor de los casos hubieran sido las hermanitas de la caridad que nos tienen acostumbrados otro gallo hubiera cantado pero, amigos, aquello ni tenía casta, ni bravura, ni parecían toros ni nada que pudiera subyugar a nadie. Decían los palabreros que la gente estaba fría. Y digo yo, ¿había algún motivo para que le gente entrara en calor? Lo que sí creo es que allí había ayer muy buenos aficionados, nada que ver con las gentes que llenaron El Baratillo el domingo de Resurrección. Nadie se rasgó las vestiduras cuando Morante entendía que merecía la oreja que, como dije, la pidieron cuatro despistados. Dicen que mostraron frialdad ante la labor del de La Puebla que, en honor a la verdad, estuvo muy trabajador pero, amigo, a este torero se le espera como artista, nunca como trabajador.

En el toreo miente hasta Dios. ¿Por qué digo esto? Muy sencillo. Le preguntaron a Victorino Martín ante el hecho de que Perera mate hoy sus toros en Sevilla como días pasados lo hicieran en Castellón y, la respuesta del ganadero debería de haber sido la real. “Mire usted, los mata por primera vez porque su carrera está en pleno declive y quiere agarrarse a un clavo ardiendo para ver si arregla su negro porvenir” Pero como en el toreo nadie quiere mojarse aunque llueva, Victorino tiró por la calle de en medio y dijo: “Los mata porque cuando uno es figura del toreo es por algo” Y se quedó tan ancho como largo.

En la imagen de Arjona, vemos un espléndido derechazo de un artista irrepetible llamado Diego Urdiales.

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