Lo cuenta Pla Ventura: El Reglamento de 1920

Respecto a la fiesta de los toros y su reglamento interno, los hechos nos vienen a demostrar que todavía estamos en los albores de 1920, es decir, el siglo transcurrido no ha servido para que avancemos en lo más mínimo. Las estructuras de la fiesta han quedado obsoletas, hasta el punto de que, como sucediera días pasados en Madrid, en una corrida de un solo espada, existían dos sobresalientes al efecto y, al caer herido el diestro titular en el primer toro, cuando todos creíamos que los cinco toros que quedaban en chiqueros serían lidiados en un mano a mano por ambos sobresalientes, nos quedamos fríos como una llave al ver que tuvo que ser el primero de ellos, Álvaro de la Calle, el que se hizo cargo de la corrida mientras que, el segundo se quedaba entre barreras sin hacer ni participar en nada, salvo en un primoroso quite a uno de los toros.

Es cierto que se trató de una circunstancia tan angustiosa como nueva, aquello de que el único espada del cartel cayera herido en el primer toro porque, todos, sin distinción, creíamos que para ello había dos sobresalientes, para que, llegado el  caso, como así ocurrió, que la tragedia fuera menor y que entre los dos hombres contratados por si “pasaba algo” se hicieran cargo de los toros que quedaran por lidiar que, en la ocasión referida eran nada más y nada menos que cinco ejemplares. Pero no, porque más tarde pudimos saber que, el segundo sobresaliente quedaba como sobresaliente del primero, es decir, de Álvaro de la Calle. Dicho en cristiano, Jeremy Banti hubiera actuado si Álvaro hubiese caído herido. En fin, cada día aprendemos una nueva lección porque, la referida, lo confieso, yo no tenía ni la más remota idea porque, como le sucede a todo el mundo, yo entendía que se aplicaría la lógica y que el trabajo “sucio” sería entre los dos sobresalientes. Craso error el mío y, lo que es mejor, pese a lo obsoleto de la cuestión, algo hemos aprendido.

Y para que el drama se revista de mayor cataclismo, según hemos podido saber, Álvaro de la Calle cobró, como sobresaliente la cantidad de 3.940 euros en Madrid, exactamente lo mismo que su compañero. ¿Lo puede entender alguien? Lo que hizo este hombre en Las Ventas solo tiene un calificativo, trabajó gratis porque la división de lo cobrado entre los cinco toros que mató, nos da como resultante que cobró 788 euros por toro lidiado, se jugó la vida por amor a su profesión pero, tras lo percibido, una vez pagados los gastos de desplazamientos, hotel y limpieza del traje. ¿Se imagina alguien lo que le habrá quedado? ¿Se habrá quedado impávida la empresa ante la circunstancia de este hombre cabal y auténtico? No quiero ni pensarlo, lo digo porque, reglamentos al margen, hay dato revelador que no es otro que Álvaro de la Calle mató cinco toros con una dignidad admirable. ¿Acaso dicha gesta no merece un premio crematístico para el muchacho?  Y muchos siguen sosteniendo que el toreo es grandeza pero, ¿para quién?

Alguien dijo que Álvaro de la Calle sonrió poco durante el festejo pero, el hombre, sabedor de todo lo que estoy contado, consciente de que tenía cinco toros para matar en Madrid, cinco ocasiones durísimas en que su vida corría un serio peligro y, a su vez, era sabedor del sueldo que tenía que percibir. Pongámonos en su lugar y pensemos, ¿alguien de nosotros hubiésemos tenido fuerzas para sonreír? ¡Por nada del mundo!

La única gloria que Álvaro de la Calle ha logrado es que, por unas u otras razones, todos los medios nos hemos ocupado de él, justamente para ser tratado con toda la dignidad del mundo, en ocasiones, muchos, hasta le han tildado de héroe, título muy merecido por su arrojo, valor, y esa dignidad admirable de la que hizo gala toda la tarde. La pena, la suya, no fue otra que llegar a Madrid sin apenas haber toreado nada en los últimos años porque, de haberle pillado la situación un poco más preparado, con el toro de Victoriano del Río podía haber resuelto su vida o, en su defecto, este año haber hallado un puñado de contratos que hubiera sido el justo premio. Todo ocurrió como sucedió y no podemos cambiar el curso de la historia, en este caso la suya, pero sí hemos coincidido todos en su grandeza porque llevar muchos años sin torear y, de repente, sin estar preparado mentalmente para dicho envite y salir airoso de dicho trance, eso ya es todo un triunfo.

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