Las Ventas. Desafío ganadero: un vestido «faja de madre y oro» (Sánchez Vara) para recordar de feo y un Saltillo («Rastrojero») para recordar de miedo. Márquez & Moore

 Rastrojero / 573 – 01/17

Ya habremos dicho alguna vez que no somos por aquí muy partidarios de los llamados “desafíos ganaderos”, que lo que gusta de verdad es ver una corrida de seis toros del mismo ganadero, lo más pareja posible, seria y bien presentada y que cuesta encontrar la justificación a tener que ver tres de un ganadero y tres de otro. No sé cuál será la motivación de esos carteles de desafío en los que, en realidad, ni hay competencia, ni hay desafío, pero el hecho es que han ido tomando cierta fama esas propuestas y ya es hasta cierto punto habitual que se programen.
A Emiliano, in memoriam
JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
El auténtico desafío se produjo el sábado, día de perros en Madrid, pensando que el domingo había que irse a Las Ventas a echar la tarde en la piedra. Ese sí que era un desafío para los que teníamos el boleto comprado desde hacía dos semanas, y me imagino que también para los que estaban pensando en si acaso acudir a los toros el domingo, aunque al final hubo que dar las gracias al cambio climático, que nos deparó una espléndida tarde de toros, tibia y sin viento. Sin embargo, para la Empresa que rige los destinos de la humorísticamente llamada “primera Plaza del mundo”, la razón social Plaza 1, se ve que la climatología les importaba tan poco como el aseo y policía de la humorísticamente llamada “primera Plaza del mundo” y lo mismo que no se ocupan de pintar las paredes, ni siquiera se molestaron en encargar a un propio que echase las lonas sobre la arena de miga del ruedo, que lo mismo ellos ya tenían puestos sus ojos golosos en la suspensión y no iban a andar fatigando al personal con encargos a destiempo.
La cosa es que antes del inicio del festejo el ruedo presentaba un aspecto muy fotogénico con unos círculos concéntricos muy bonitos arados en la arena, que evocaba la de la Playa de la Franca cuando se retira la marea, por el aspecto húmedo y esponjoso que presentaba. Luego, a lo largo del festejo ya se vio que el ruedo no estaba en las mejores condiciones posibles y cuando pasó el carricoche-tolva con el que pintan las rayas, el chisme más bien parecía que estaba haciendo el rally Paris-Dakar, ahí ya se pudo certificar que, efectivamente, aquel ruedo estaba al mismo nivel que el resto de la Plaza: hecho un asco.
Ya habremos dicho alguna vez que no somos por aquí muy partidarios de los llamados “desafíos ganaderos”, que lo que gusta de verdad es ver una corrida de seis toros del mismo ganadero, lo más pareja posible, seria y bien presentada y que cuesta encontrar la justificación a tener que ver tres de un ganadero y tres de otro. No sé cuál será la motivación de esos carteles de desafío en los que, en realidad, ni hay competencia, ni hay desafío, pero el hecho es que han ido tomando cierta fama esas propuestas y ya es hasta cierto punto habitual que se programen. En eso hay que felicitar a los de Sevilla porque, si no me falla la memoria, creo que allí no se ha dado ninguno, aunque la verdad es que sería gracioso un “desafío ganadero” de juampedros y parladés, como aquél que dice un choque de trenes en el Baratillo. La cosa es que para este último domingo de abril se programó en Madrid el “desafío ganadero” con toros de Saltillo, antigüedad 14 de julio de 1845, y de Los Maños, antigüedad 24 de agosto de 2018. Para hacerse cargo de los seis galanes contrataron a Sánchez Vara, Luis Bolívar y Thomas Dufau, como quien dice Guadalajara, Cali y Mont-de-Marsan.
Los tres de Saltillo salieron muy en el tipo de esta ganadería, cárdenos claros, degollados, finos de cabos, con esas caras tan características, la mirada viva en sus ojos saltones y el “hocico de rata”. Algo justos de fuerzas, se lidiaron en primero, segundo y sexto lugar. El sexto fue expulsado a morir en las tinieblas de un corral y en su lugar salió otro del mismo hierro, muy bonito toro de más romana y presencia que los que le antecedieron. En cuanto a Los Maños, procedencia Santa Coloma, echaron dos de capa negra y otro al que en el programa denominaban cárdeno claro, que más parecía jabonero sucio, aunque ya sabemos que esa capa no es muy de este encaste, pero vaya usted a saber qué habrán hecho por ahí los unos y los otros desde que el señor conde se deshizo de su ganadería, a principios de los años 30. La cosa es que el ganado salió en lo que podríamos decir la línea ibarreña, con la característica poca talla que es marca de la casa y que tantos problemas ha venido dando a los productos de este encaste.
La principal expectativa respecto de los Saltillo era ver si la fortuna nos deparaba poder tener enfrente esta tarde a un continuador de la leyenda del inolvidable “Cazarrata”, uno de los toros más enrevesados que uno ha visto en sus años de afición, o a algo que se le pareciese. Ahí estaba el alcarreño Sánchez Vara, que es quien se tuvo que enfrentar cara a cara con aquella demoníaca aparición, para reforzar el interés del cartel, y con eso ya tendríamos fijado el verdadero aliciente de la tarde.
Sánchez Vara salió con un vestido al que la aficionada T. definió como “faja de madre y oro”, uno de los ternos más feos que se pueden ver en las Plazas, a despachar a Tiburoneto II, número 41, con sus habituales trazas que son más las de la pugna que las del arte ése de parar los relojes, que dicen por ahí. El problema de su tauromaquia es que para brillar precisa de un enemigo de categoría, de los que meten miedo al que está sentado mirando, y eso es lo que hace olvidar otras consideraciones que, cuando no se da esa circunstancia, provocan que no se estimen tanto las maneras del torero de Guadalajara, que con el toro que va y viene presenta unas maneras toscas y un toreo algo pueblerino. La verdad es que el hombre quiso agradar y hasta puso banderillas, anduvo con el toro un rato de porfía, lo mató echándose fuera y hubo buenas gentes que hasta aplaudieron. Antes el toro anduvo escarbando y doliéndose en varas y en banderillas. Con su segundo, Ciervo, número 22, de Los Maños, muy justo en su presentación incluso a la vista del encaste del que procede, presentó los mismos argumentos que con el primero sin lo de las banderillas. Algún derechazo más propio de las fiestas de Ledesma que del sacrosanto ruedo de las Ventas le fue jaleado generosamente por parte de la parroquia. Al toro lo mató sin apuros y sin arte y se retiró al callejón sabiendo que tiene un huequecito en el pétreo corazón de muchos de los aficionados más ogros.
Luis Bolívar se presentó en Madrid sin apoderado, luciendo unas sienes plateadas y vestido elegantemente de azul. A su primero, Sandiero I, número 43, de Saltillo, no fue capaz de recetarle la firmeza y el mando que el toro precisaba. Este toro había derribado el caballo que montaba Rubén Sánchez y ni el tercio de varas ni la lidia que le dieron fueron de ayuda para el trabajo que le esperaba a Bolívar. El toro ya declaró que su pitón izquierdo era una no-go-zone, de lo que Bolívar se enteró muy pronto, y las embestidas que ofreció por el derecho no fueron suficientes como para que el veterano diestro armase su argumentario, provocando el enfado de algunos. Su segundo, de Los Maños, Bonito, número 56, tenía menos gas que una gaseosa abierta hace un mes, un toro flojo y parado que sirvió para que el colombiano echase el rato sin pena ni gloria hasta que, consumado el tiempo, envió al tal Bonito al infierno al que van todos los pelmazos.
A Thomas Duffau le correspondió la cara y la cruz de la tarde. Primero salió la cara, el toro Matón, número 47, de Los Maños, el pseudo jabonero del que se habló antes, que es el toro más claro de toda la tarde al que recibió con verónicas de poca valía, cortando el viaje del toro antes de rematar el lance. El toro engañó a algunos en el caballo, con eso que hacen de ponerlos de largo sin ton ni son: el animal acudió sin alegría por tres veces, eso sí, pero iba a la jurisdicción del peto como el que va a la oficina un lunes. Comenzó por naturales su trasteo el francés, pronto y en la mano, citando de largo. El toro galopa y el matador le pega la tanda, poco temple y poco mando, y luego comienza otra hasta que el bicho le pega un serio aviso de que tonterías, las justas. Con la derecha no había opción, dado que ahí el toro se comía los muletazos de uno en uno, dejando en evidencia, entre pase y pase, los defectos de colocación del torero. La faena se deshace como un azucarillo, mata de aquella manera y cuando arrastran al toro hay quienes le aplauden. 
La cruz fue el sobrero de Saltillo, Rastrojero, número 44, que entre la penosísima lidia, el deprimente tercio de varas y el mitin en banderillas, llegó al tercio de muerte con varios máster de los de verdad, no de esos que dicen ciertos políticos que tienen en su poder. A la vista del carácter y las mañas que había desarrollado el Saltillo puede decirse que Duffau se vino abajo, que hay que ver el toro cómo era para valorar lo que hiciese el torero, fuese lo que fuese, aguantando la inquisidora mirada del animal y la firme promesa de la cornada en su actitud. Este era el toro que tenía que haber sorteado Sánchez Vara y el animal que le habría permitido explicar su lección, pero le cayó a Thomas Duffau que debió respirar aliviadísimo cuando vio doblar al Saltillo, que nos deparó las emociones más naturales de la tarde.
Madrid, 25 Abril 2022
El Guernica de Rastrojero
ANDREW MOORE
Sánchez Vara
Faja de madre y oro
Tiburoneto II

Sandiero I
Bolívar: plateado, elegante y sin apoderado
Matón, el falso jabonero de Los Maños
Recibo de Dufau
Quite de Sánchez Vara…
…de «faja de madre y oro»
Memoria de Rastrojero
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