En Las Ventas eché los dientes / por Miguel Aranguren

Las ferias se encadenan de marzo a octubre en casi todas las capitales de provincia, lo que viene a recordarnos que los toros están muy por encima de las manifestaciones vocingleras de los movimientos animalistas
En Las Ventas eché los dientes
De pronto me vence el vértigo… Llevo cuarenta años abonado a la plaza de Las Ventas. Si digo que el mes que viene voy a cumplir –quiera Dios– cincuenta y dos, revelo que he echado los dientes sobre la incómoda piedra de sus andanadas y tendidos. Lo he contado muchas veces: la primera vez que acudí a una corrida fue de la mano de mi abuelo materno, que fue ganadero de reses bravas junto a su hermano y que consolidó una amistad sincera con buena parte del plantel de toreros que actuaron desde la tercera década del siglo pasado hasta cumplida la séptima, especialmente con Antonio Ordóñez y, por ende, con el que fuera su yerno, Francisco Rivera, Paquirri. De alguna manera, medió en los conflictos profesionales y personales entre el rondeño y Luis Miguel Dominguín (y los hermanos de éste). Ordóñez y Dominguines fueron hombres de carácter explosivo, el propio de quien convive con el riesgo imprevisto de un animal que hiere y que mata, el propio de quienes lideraron un ámbito tan complejo como la Fiesta Nacional, el propio de quienes fueron referente en España, Francia, Portugal y toda la América taurina (es decir, referente para millones de personas), el propio de los que se alimentan de los aplausos de una masa enfervorecida y saben que contarán con una voz en la Historia. Muchas veces escuché a mis abuelos alabar a Carmuca, hermana de la tribu de Dominguines y esposa de Antonio Ordóñez, mujer cabal a la vez que hermosísima, pues apaciguó los incendios que amenazaron la paz de su familia de artistas y logró pasar elegantemente de puntillas por el relato folletinesco que de estas dos sagas se alimenta la prensa ajena a la verdad de los ruedos.
Hablaba de mi abuelo y de aquella vez que me llevó a la plaza con el uniforme del colegio. No tuve conciencia del lugar al que iba a entrar para, en adelante, no volver a salir. Surcamos la bocana del tendido bajo del 10, en mi caso intimidado por el gentío, el aroma de los vegueros, los gritos de los vendedores de almohadillas y la marea de empujones. En un instante, un golpe de colores me dejó sobrecogido: el ocre apagado de la tierra prensada, el escarlata de los burladeros, las banderas rojas y gualdas que coronaban los vomitorios y las gradas, el siena del ladrillo y la teja, la bóveda del cielo azulísimo. Después vino el paseíllo, acompañado por un pasodoble de la banda (por entonces, solo escuchaba a los Bee Gees, Boney M y los gorgoritos de Demis Roussos), el fulgor de los vestidos de luces y su mezcolanza de tonalidades, el fucsia de los capotes y la negrura del toro. Toreó Dámaso González, y en imágenes borrosas creo adivinar a Paquirri. Cuando finalizó, volví a casa sacudido por intensas emociones que me acompañan desde entonces y que han fraguado mi modo de entender la estética.
Me resulta cansino el debate acerca de la pervivencia de las corridas de toros, porque aquellos que exigen su abolición desprecian, mediante un empeño impositivo, cualquier argumento. Les hemos explicado muchas veces el significado de la liturgia del toreo; el papel que juega este animal totémico en la defensa de casi todos los paisajes endémicos de España; los estudios veterinarios acerca de su percepción del dolor; la fuerza histórica, artística y cultural de la tauromaquia y el ejercicio de libertad de quienes deciden asistir a una corrida. No sirve para nada, como tampoco sirve proponer un diálogo con los adeptos de otras ideologías de laboratorio, ya que en sus métodos solo cabe la coerción.
Si la fiesta de los toros hubiera tenido su origen en Italia, si estuviese anclada en la cultura del Reino Unido, si se hubiera expandido por todo Francia, si fuesen los alemanes quienes la nombraran parte de su legado artístico, si los EE. UU. se hubiesen apropiado de la herencia taurina que recibió México… la tauromaquia sería patrimonio universal, una más entre las Bellas Artes. 
Cada tarde de mayo y comienzos de junio, con motivo de la feria de San Isidro, Madrid congrega entre quince mil y veintitrés mil personas alrededor del redondel de Las Ventas, un fenómeno de masas que no conoce parangón y que, sin embargo –para inri de todos los ingentes beneficios que los toros aportan a nuestra sociedad–, no recibe apoyo de nuestras administraciones, más allá de algunos discursos interesados que son como la mano que frota el lomo de quien se sabe abandonado.
Las ferias se encadenan de marzo a octubre en casi todas las capitales de provincia: Valencia, Castellón, Sevilla, Madrid, Córdoba, Burgos, Pamplona, Mallorca… lo que viene a recordarnos que los toros están muy por encima de las manifestaciones vocingleras de los movimientos animalistas (esos que no dicen nada ante la perra vida de todos los perros que viven encerrados en un piso, obligados a la castración y a no se sabe qué cursos de capacitación para que sus dueños recojan los excrementos con los que siembran aceras, parques y jardines).
Eché los dientes en Las Ventas y espero irlos perdiendo en el mismo lugar, como partícipe de un espectáculo que es un don para España.
Miguel Aranguren es escritor
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