Demasiadas orejas, demasiadas puertas… / por Antolín Castro

Falta este pañuelo y otro para un rabo. Al tiempo. Foto Raúl Doblado
Y en ese demasiado debemos incluir a los voceros, pagados o agradecidos, que ensalzan los triunfitos como si fueran triunfos de los de verdad, de los de toda la vida. No van a lograr engañar al aficionado al que, muy al contrario, la espera le ha servido para acrecentar su capacidad de discernimiento y para aquilatar su nivel de exigencia.
Demasiadas orejas, demasiadas puertas…
Madrid, 5 de Mayo de 2022
Demasiado tiempo de pandemia, demasiado tiempo de espera…
Demasiada obsesión, parece, por recuperar las orejas perdidas en estos años de paro obligado. Mucho más, eso parece, por recuperar las supuestas puertas grandes, o del príncipe, que se quedaron sin abrir en ese tiempo.
Y en ese demasiado debemos incluir a los voceros, pagados o agradecidos, que ensalzan los triunfitos como si fueran triunfos de los de verdad, de los de toda la vida. No van a lograr engañar al aficionado al que, muy al contrario, la espera le ha servido para acrecentar su capacidad de discernimiento y para aquilatar su nivel de exigencia.
No así para aquellos quienes ocupan los palcos, que el tiempo les ha borrado lo que pudieran tener de aficionados y garantes de la ley y el orden. A esos, los presidentes, les han debido hackear el móvil y les han robado toda la información que tenían sobre el comportamiento que debían observar en su labor de presidencia, máxime si lo hacen en plazas de tanta importancia como Sevilla o Madrid.
Demasiadas orejas, demasiadas puertas grandes, a las que han hecho chicas, y trizas, de tanto abrirlas. Esas puertas han de ser sagradas y solo abrirse si se ha obrado algún milagro. Valga como ejemplo el que se vivió ayer en el Santiago Bernabéu con el Real Madrid, eso sí es de puerta grande.
Y si en el fútbol se llega a ello a través de goles, que meten los protagonistas directamente, sin mediar presidente alguno, en los toros la prerrogativa de los goles, las orejas, está en valorar objetivamente los méritos para concederlas y eso se hace desde el palco. Si se hace como si fuera temporada de rebajas, a quien de verdad se rebaja es al prestigio de la plaza.
Sevilla, de forma escandalosa, está proliferando en dar orejas y abrir puertas como si fueran churros o, por decir mejor, pescadito frito de la feria. Y no es eso, Sevilla merece un respeto por su historia y por quienes hicieron grande esa historia y esa plaza.
Por no hablar del ganado que cada tarde salta al ruedo, que además de no dar gusto al comentarista llamado Emilio Muñoz, tampoco satisface a quienes creen, creemos, que esa plaza debe cuidar, y mucho mejor, la presentación de las reses a lidiar. Es decir, que no conforma a muchos, aunque por distintos motivos.
En Madrid las cosas no van mucho mejor. Las salidas en hombros de dos novilleros no han prestigiado, precisamente, su puerta grande. Muy al contrario, las han puesto al nivel de cualquier plaza de provincias, donde el factor de los paisanajes, traídos por los jóvenes espadas, han ablandado en exceso el celo que debería exigirse a quien se sienta en el palco de la primera plaza el mundo.
En resumen, la pandemia ha hecho mucho daño en todas direcciones, pero parece que al mundo del toro y del toreo le ha dejado tocado en su línea de flotación, esa que representa la exigencia y el rigor de las dos plazas más importantes del planeta taurino.
Dicho queda: Demasiadas orejas, demasiadas puertas, demasiado abandono del rigor y la exigencia debida.
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