Apuntes de media feria / por Jorge Arturo Díaz Reyes

 

Apuntes de media feria
Jorge Arturo Díaz Reyes

CrónicaToro /23 de mayo de 2022

Llevamos medio San Isidro, tras tres años de ninguno, y han pasado ya tantas cosas intensas, buenas y malas, qué si este terminara hoy, sin la otra mitad ya sería memorable no solo por su resurrección y la televisión, el gran acierto.

Capítulos. El toro pospandémico, aparte del supremacismo racial Domecq, secular fenómeno mundial, ha ganado adultez (mayoría del cinqueño avanzado) y perdido romana, promediando unos 550 kilos, a expensas de la obesidad. Causa quizá; de las menos caídas, las no paradas del rabo y las mínimas devoluciones. Pese a esto la suerte de varas continúa en descrédito, se pica poco, mal y la tercera entrada se ha hecho exótica.

No hablemos de la fiereza en sus diversas expresiones, que afortunadamente subsiste como carácter aleatorio e imprevisible de la fiesta y mantiene, más allá del esteticismo decadente, la necesidad de la lidia, que desafortunadamente parece no ser asignatura básica en las escuelas taurinas ni en la formación de la nueva afición. En cuanto el toro abandona el carril surge la exigencia de abreviar, de liquidarlo.

Es de justicia mencionar algunos bravos: “Bastardero” de El Pilar, segundo en la tercera corrida, lidiado por Javier Cortés. “Follonero” de Vegahermosa, tercero en la sexta, lidiado por Talavante.  “Hortelano I” (novillo) de Mayalde, quinto en la novena, lidiado por Fonseca. “Hospiciano” de Victoriano, cuarto en la decimotercera, y el muy noble “Bellotero” de La Quinta, segundo de la cuarta, lidiados ambos por El Juli

El público ha respondido. El componente turístico se mantiene, pero el joven ha subido y de pronto por ello mismo, su criterio y comportamiento se han hecho más erráticos, casi tanto como los del palco.

Los toreros, con diversa suerte han dado lo suyo, poco o mucho, no se puede pedir a un hombre más de su mejor esfuerzo. La entrega, la emulación, la necesidad… acicateadas por las menos oportunidades, el acaparamiento de cupos por las figuras, que también compiten, y la proliferación de aspirantes, aumentan la presión, el riesgo y las cogidas.

De ellos hay que consignar como hechos que ya marcan este san Isidro: La reivindicación de El Juli (¡tras 23 años!) El digno regreso de Javier Cortés, la bizarría de Ginés Marín y Joselito Adame, La eclosión de los confirmantes Ángel Téllez y Tomás Rufo… Un picador, Oscar Bernal, un banderillero, Fernando Sánchez.

Pero además quiero mencionar, capítulo aparte, a los hispanoamericanos, y entre ellos, sin dejar de lado la revalidación arrobadora del peruano Roca Rey, ni la demeritada entrega del venezolano Colombo, inclinarme ante la torería mexicana. Cuatro han salido a enfrentar el toro de Madrid, el rigor de Las Ventas y aun los brotes de xenofobia, y lo han hecho con honor. Los novilleros Arturo Gilio e Isaac Fonseca y los alternativados Joselito Adame y Leo Valadéz. A todos, menos al último, les negaron mayoritarias peticiones de orejas, siendo triunfadores en sus respectivas corridas. De ellos, tres pasaron por la enfermería antes de abandonar la plaza. Solo uno se fue indemne.

México, el segundo país del mundo taurino bien puede seguir orgulloso de sus toreros. De los colombianos nada, pues han sido excluidos minuciosamente de todas las grandes ferias, incluida esta, la mayor.

Llevamos medio San Isidro, tras tres años de ninguno, y han pasado ya tantas cosas intensas, buenas y malas, qué si este terminara hoy, sin la otra mitad ya sería memorable no solo por su resurrección y la televisión, el gran acierto.

Capítulos. El toro pospandémico, aparte del supremacismo racial Domecq, secular fenómeno mundial, ha ganado adultez (mayoría del cinqueño avanzado) y perdido romana, promediando unos 550 kilos, a expensas de la obesidad. Causa quizá; de las menos caídas, las no paradas del rabo y las mínimas devoluciones. Pese a esto la suerte de varas continúa en descrédito, se pica poco, mal y la tercera entrada se ha hecho exótica.

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