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02/29/2024

Antonio Burgos / por Hughes

 
 «..él era articulista, un articulista como la copa de un pino. Un genio, pues genio hay que ser para tirar de ingenio bienhumoradamente, diariamente, constantemente, un día tras otro día, como quien lo tiene, y él lo tenía, por condena..»
Antonio Burgos
Hughes
Lo que he disfrutado cuando me preguntaban por mis escritores y columnistas favoritos, y yo decía, muy serio, que Antonio Burgos, que por supuesto Antonio Burgos. Qué caras ponían los pedantes y los farfulleantes del tertulianés, idioma que él descubrió. Y bien siento llamarle columnista, que suena ya a subescala de albañil en la masonería del gato por liebre español: él era articulista, un articulista como la copa de un pino. Un genio, pues genio hay que ser para tirar de ingenio bienhumoradamente, diariamente, constantemente, un día tras otro día, como quien lo tiene, y él lo tenía, por condena.
¿Qué van a decir de él los que no lo tendrán nunca? ¿Qué podrán decir o entender los que ni exprimiéndose con siete fisioterapeutas y cinco yoguis se sacarían una gota de su gracia?
Yo no puedo hablar mucho de Antonio Burgos, habrá quien lo haga mejor y con más propiedad; no soy sevillano y no lo leía tanto como lo hubiera hecho estando allí; mi Sevilla además siempre era una Sevilla de paso, entrevista, apresurada, con mucha Santa Justa, casi siempre camino de Cádiz, donde vivía cuando él me escribió, con suma generosidad hacia el don nadie.
Como cantaría, ay, su Rocío:
La mitad del mundo es Cai
y la otra mitad Sevilla
Cai, Sevilla, Sevilla y Cai,
yo he visto el mundo, primo,
esto es lo que hay
El mundo lo tenía él, circunvalador de los dos hemisferios, Magallanes de la gracia. Las dos, la gracia de Cádiz que había estudiado y la gracia sevillana, que no es gracia, sino guasa, como él nos explicaba, y que se redime salpimentada de Cádiz, siempre Cadi-Cadi, aunque escribiera de toda la provincia, como de aquel Arcos polo de poesía, desarrollo y hasta madridismo que detectó —siendo él betiquísimo, por supuesto, quede esto muy claro—. Su escritura, de oído virtuoso, nacía en lo popular y en lo popular se vertía, de la calle al periódico y vuelta a la calle otra vez, pasando entre medias por su depurador poético, por su alambique de poesía culta y popular, hija de Cernuda, de Murube, de Rafael de León
Las tres gracias tenía, casi nada: la poética, la guasona-sevillana y la gaditana de adopción.
Pero lo culto y popular, lo cultopopular, empieza a no entenderse: unos no alcanzan a ver lo fino, otros están sordos para lo llano.
Antonio Burgos era un gatófilo que escribió la necrológica a un perro, Canelo I de Cádiz, el que quedó para los restos esperando al dueño.
Cuando todas las modernas con gato tengan al minino en edad de ir a la mili, a lo mejor descubren que quien mejor y con más sensibilidad habló del gato fue Antonio Burgos, al que los gatos respetaban como hacíamos sus lectores. Doy fe. Los gatos cercanos a la Caleta, donde le pusieron calle —ser calle de Cádiz, no cabe honor más alto— conocían a Antonio Burgos. Yo lo supe porque dialogaba con el gato de la calle Santiago, que sólo me hablaba a mí, y porque me lo decían al volver de tomar su café con leche los gatos madrugadores de la Catedral, por donde el relente de Arquitecto Acero se hacía cielo y mar, cerca, pero nunca arrejuntados del todo con los gatos hechos coro de Campo del Sur. En ese saliente ingrávido, rincón sólo habitado por gatos, donde la gracia se hace más aérea, amarilla y azul, en el extremo dorado de España, reinaba don Antonio con su cuplé de miaus.
Con su oído virtuoso y la observación lírica-guasona de Sevilla, del paso del tiempo por sus cosas (dos tiempos: el que siempre vuelve y el que no lo hará), iba registrando lo cantable, lo evitable y lo perdurable como un cronista que la refundara y a la vez gestionara al detalle su conservación: los veladores, las comandas en tiza, el magnolio concreto, las heladerías, los rótulos bárbaros… Nunca se ha visto que alguien le dedique un artículo al momento en el que llevamos amigos a nuestro bar, al bar donde somos habituales. ¡Qué finura captar la confianza henchida del anfitrión en la barra nueva del bar de siempre!
Fue periodista que trascendió el lenguaje político que en España no entiende ni quiere entender nadie. ¿Qué hizo ante la mareante corrupción socialista? Inventar una nueva unidad para medirla: el pellón; como inventó, para escindir las dos Españas de la democracia, una nueva categoría: la de quienes la vergüenza no-la-co-no-cen —ni la van a conocer—, los nolacos, primos hermanos de los patócratas, que bien pensado tienen nombre de chirigota.
Los nolacos que nos rodean son hoy, y no lo saben, muchísimo más pobres e infelices porque no habrá ya quien, habiéndolos calado, los eleve con gracia e ingenio.
Como observó en los gatos, que no pueden estar ante una puerta sin cruzarla en silencio, se va una cumbre, una portentosa voz de alegría y yo lamento hoy, más que nunca, no haberme acercado a Sevilla aquella vez.